¿Te vas para no volver?

El camión ya había recogido a todos los que debía recoger y había hecho todas las paradas que tenía que hacer entre el estado venezolano de Zulia y La Guajira colombiana. Por eso, cuando el camión se detuvo de repente, Cilianys se asustó. Nadie les advirtió, ni a ella ni al resto de las más de diez personas que estaban en el transporte, que eso podía pasar.

Ni siquiera alcanzó a decírselo el propio tío de su abuela, que era el conductor, y eso que él ya tenía experiencia en ese “tipo de transportes”… Pero pasó: en medio de los campos de trupillos que unen ambos estados del norte de Colombia y Venezuela, el camión fue rodeado por más de veinte muchachos armados.

Cilianys recuerda que, a punta de amenazas, los hicieron bajar a todos del camión. El conductor los enfrentó, gritando: los jóvenes, al igual que los pasajeros, eran de Maracaibo, decía el conductor. Los acusaba por eso, porque tenían un territorio en común: “¿Por qué nos están robando? ¿Por qué nos están robando?”, les gritaba.

Pero el reclamo no fue suficiente. Cilianys y todos los pasajeros tuvieron que darles a los asaltantes el dinero que iban a entregarle al conductor por su servicio, por hacerlos cruzar por una trocha de la frontera que separa Zulia de La Guajira.

Todo eso ocurrió una noche del 2018. Ahora, el 30 de abril del 2019, Cilianys recuerda el asalto sentada sobre la base de un balde en la comunidad de Aeropuerto, a las afueras de la ciudad de Maicao, en La Guajira. Todavía no es mediodía; mientras un ventarrón la obliga a apartarse el cabello liso de la cara mientras hablamos, mientras intenta taparse los ojos para evitar el azote la arena inclemente, cuenta que los muchachos que los rodearon les dijeron a las mujeres que, si abrían la boca, las iban a violar.

A pesar de haberse quedado sin dinero para pagar el viaje, su tío abuelo les dijo que volvieran a montarse al camión; los trajo hasta Colombia. Era la segunda vez que Cilianys la visitaba y es, hasta ahora, una visita definitiva. Es la visita que la volvió una migrante más de este país.

Cilianys es una de las jóvenes que, para finales del año en que llegó, hacía parte de la cifra de 143.844 menores venezolanos que habían llegado a Colombia (no necesariamente a vivir, no necesariamente para quedarse); de ese número tan desgarradoramente alto comparado con el de 80.190 que llegaron en todo el 2017, según informes de Migración Colombia.

Hoy, Cilianys Ipuana Aguilar tiene 17 años.

El miedo que enfrentó Andrea cuando dejó atrás su ciudad fue diferente: la amenaza estaba en su interior. Y fue distinto, también, porque ninguna frontera política la separó de lo que fue su hogar pero, aún así, cuando llegó a los terrenos en ese entonces sin siquiera energía eléctrica que hoy conforman la comunidad de Villa del Sur, se sintió triste. Se sintió profundamente sola.

Andrea nació, creció y cursó sus primeros años de colegio en Riohacha, la capital del departamento de La Guajira, en Colombia. Allá veía televisión, pasaba tiempo con sus compañeros de clase, podía recorrer tiendas, pisar pavimento. En Riohacha vivía en el barrio Minuto de Dios, en una habitación junto con su mamá y sus hermanos menores, Juan José y Jaime Enrique.

En Riohacha podía distraerse con frecuencia, si acaso, con la vista del mar que bordea la ciudad.

Fue en el 2018 cuando la dueña de la habitación en la que vivían en Riohacha le dijo a su mamá que debía irse de ahí si no le pagaba lo que le debía del arriendo. Habían pasado pocas semanas luego de que la mamá de Andrea, Estela, se hubiera quedado sin empleo en la compañía de telefonía móvil en la que trabajaba. Y, ocho días después de la advertencia de la dueña, Andrea le dijo adiós a la ciudad que conocía, al techo bajo el cual dormía.

“Ese día, cuando nos mudamos con mi mamá para acá (Villa del Sur), que trajo las cosas, tocó dormir afuera y esa noche, hacia las dos de la mañana, llovió”. Lo cuenta sentada a la mesa de plástico dentro de la casa que su madre, Estela, y otros amigos de la familia construyeron y fueron reforzando con sus propias manos, con madera, con barro, con zinc. Aquella noche improvisó un refugio solo con tejas y plásticos sobre un terreno de arena al que, en ese momento, no rodeaban más de diez vecinos.

Villa del Sur era, para ese entonces, una invasión de la cual sospechar; no contaba con la llegada de las casi 1600 personas que la habitan ahora y, por esa primera soledad, Estela no confiaba en aquel lugar. Sin embargo, decidió intentarlo, por recomendación de amigos suyos que ya conocían a otros habitantes de la comunidad. La noche de aquella tormenta invernal, Estela trató de cubrir con sábanas la parte posterior del lugar en el que dormían Andrea y sus dos hermanos menores pero, aún así, no logró resguardarlos del todo. El colchón que habían traído se echó a perder. Todo se inundó.

“Quedamos a la intemperie. En medio de la oscuridad”, recuerda Andrea. Quedaron a la intemperie en medio de un lugar donde, cuenta Estela, días antes alguien había encontrado restos de cuerpos debajo de la tierra sobre la que tuvieron que dormir.

Pero Villa del Sur, aunque todavía es incapaz de proveer servicios básicos a todos sus habitantes, hoy recibe a quien la necesite, para bien o para mal. Y hoy, Andrea piensa que, sopesando esa incertidumbre que le causaba su llegada al barrio naciente, durante esa transición de tan solo siete kilómetros entre Riohacha y Villa del Sur, se sintió asustada. “Sí, me sentí como migrando”.

Hoy, Andrea Paola Moscote tiene 15 años.

Es 30 de abril del 2019. Van a ser las cuatro de la tarde. Las carpas blancas, redondas, opacas, resisten otro ventarrón de arena, acostumbradas a su golpe.

Sin embargo, en sus trece años de vida, Luis nunca había tenido que enfrentarse al dolor de esos lengüetazos de tierra contra los ojos; tampoco había tenido que prescindir de camisetas nuevas, de jugar en la calle con sus amigos los fines de semana. Él, como Andrea, también extraña la ciudad que dejó, por su parte, una frontera atrás; esa Maracaibo que queda a 130 kilómetros de Maicao; esa Maracaibo que, hasta hace pocos meses, le permitía ir a estudiar, verse con sus amigos del colegio…

“Con Jonás, con David, me hacen falta”, resalta en un murmullo. “Ah, y allá podía mutilarme bien el pelo”, dice, señalándose su cabeza afeitada a los costados, de donde le sobresalen las orejas, los ojos.

Las circunstancias en Venezuela no tuvieron piedad de él. Poco importaba que, antes de cruzar una de las trochas del municipio colombiano de Paraguachón (frente al estado de Zulia) con tres personas más, él le tuviera especial miedo a quedarse en la calle. Debían salir de Maracaibo a como diera lugar; el trabajo como vendedora de café de su mamá, Lizeth, eventualmente fue carcomido por la hiperinflación nacional.

En Maicao, la ciudad guajira más cercana a esa frontera, Luis y su mamá tuvieron que pasar dos meses refugiados en una hamaca, sobre el pavimento, en la entrada de un restaurante.

“Donde dormíamos pasaban motos solas y teníamos miedo de que nos hicieran algo”, cuenta Luis, con razón: dormían en la ciudad que más homicidios presentó en La Guajira durante el 2018. Recuerda que, cuando no podían enfrentar esa incertidumbre, iban a tratar de dormir frente a alguna iglesia de la ciudad. Eso los hacía sentir más seguros. “Todo esto que no conocíamos nos daba mucho miedo”.

Luis salió de Venezuela en segundo año de bachillerato. Ahora, tras haber llegado el 8 de marzo al Centro de Atención Integral al Migrante de la Agencia para los Refugiados de las Naciones Unidas (Acnur) -que queda a las afueras de Maicao y en cuyas instalaciones el 44% de quienes entraron entre mayo y junio de 2019 eran menores- se recuesta sobre la pared de plástico de una oficina de emergencia para atención psicosocial.

Esa pared, como gran parte de lo que está fuera del albergue (edificios abandonados, algunas rancherías), también es color arena. Y él recuerda, a la sombra de ese pequeño edificio temporal, que su mamá siente mucha rabia por lo que han tenido que pasar.

Quizás, para Luis, esa rabia no vaya a ser pasajera.

La llaman Aeropuerto porque allí, en principio, iban a aterrizar aviones. Iba a ser el Aeropuerto San José, pero nunca lo fue. Y, como nunca lo fue, allí empezaron a aterrizar personas. Cilianys, su tía de 23 años y su prima fueron algunas de ellas.

Ya asentadas, entendiendo que cada habitante del nuevo rancho debía colaborar con algunas funciones básicas para cuidarlo, la prima de Cilianys le dijo, un día, que lavara los chismes.

Ella se quedó mirándola, sin hacerle caso. Su tía llevaba cinco años viviendo en Colombia, al igual que su prima. Le insistió: “Cilianys, que laves los chismes”. Señalaba a un conjunto de platos sobre una mesa bajo el techo del rancho.

Cilianys había estado en Colombia en el 2016, estudiando en algunas rancherías para poder terminar el colegio al no poder seguir cursando en su país. “En Venezuela se dice ‘lavar los corotos’”, explica ahora, sonriente, hasta que sopla una nueva ráfaga de arena, por lo que tiene que taparse la cara con ambas manos, pero no puede evitarlo: ya tiene las lagañas color café.

Acá, en la comunidad de Aeropuerto, la arena también se mastica cuando sopla un viento de polvo implacable que sopla, a veces, incluso desde el desierto del Sahara, que causa problemas respiratorios y de la visión a los más pequeños; acá falta agua o se consigue, quizás, por encima de los 30.000 pesos por galón.

Acá, hay arena en el cuerpo antes que sudor.

Wayuú es la etnia con la que Cilianys se identifica. Vive con siete personas más en su vivienda de troncos, barro y zinc, una de las tantas que tuvieron que construir alrededor de 500 familias que hoy habitan, además, sin electricidad, sin servicios de salud, sin sistemas de agua potable. Es un modelo a escala de lo que sucede en gran parte de La Guajira, donde el 96 por ciento de la población rural es pobre; donde la migración, según un reciente estudio de la Contraloría General colombiana, se suma a una emergencia humanitaria histórica.

Es también parte de otra cifra: entre 500 y 600 menores de edad, según la organización Aldeas Infantiles, estarían viviendo en Aeropuerto, una tierra que solo vio a Cilianys llegar, no nacer, y en la que ella sonríe y trabaja con ayuda de la organización. Aunque es en la Maracaibo que tuvo que dejar atrás donde realmente vivía bien.

Villa del Sur debió haber sido una Villa Olímpica, pero nunca lo fue. Y, como nunca lo fue, allí empezaron a jugar otros juegos.

Al lado de la casa en la que Andrea duerme con su mamá y sus hermanos, otros diez niños y jóvenes se turnan para jugar en un espacio de Aldeas Infantiles moderado por líderes de la organización. Están allí porque Estela cedió un espacio del terreno en el que vive especialmente para esas actividades.

Es 28 de abril del 2019, uno de los días de una semana en la que varios niños y jóvenes de Villa del Sur, entre ellos los que juegan con los organizadores de Aldeas, no irán a clases porque en su colegio están suspendidas hasta nuevo aviso. Pasó eso porque nadie fue al colegio. Como explica Hernán Arias, coordinador de proyectos de La Guajira de Aldeas Infantiles, literalmente ninguno de esos niños, ni colombiano ni venezolano, pudo llegar a la escuela: por una parte, porque las motos para transportarlos son escasos y muchos papás no tenían dinero para enviarlos; por otra, como explica también, como los niños venezolanos suelen ir al colegio solo como asistentes ya que no se pueden graduar a menos que tengan todos los documentos, muchas madres deciden no mandarlos.

Para ellas, a largo plazo, es una pérdida de tiempo.

Por eso sus padres y los voluntarios de Aldeas tratan de que rían y jueguen tanto: están, a pesar de todo, tratando de que pase el tiempo.

Educación accesible para todos es una promesa incumplida, otra de las que hay que en Villa del Sur (un lugar donde, hasta apenas hace pocos meses, lograron conseguir luz eléctrica de forma ilegal); pero el bastión del olvido estatal también está en su propia génesis: en el patinódromo que se encuentra en plena entrada de la comunidad, que iba a generar una Villa Olímpica para el departamento y que hoy se encuentra detrás del cartel que da la bienvenida al barrio con los colores de la bandera de Colombia.

Y, sí, el cartel de bienvenida también tiene los colores de la bandera del país del que millones de personas han tenido que huir.

“A esto algunos acá también la llaman ‘la nueva Venezuela’”, apunta Estela, porque es una comunidad receptora de migrantes de ese país y también de colombianos que tuvieron que volver de su primera migración hacia allá.

En el patinódromo podría aterrizar algo: desolado, flanqueado por hileras de casas de saco al viento, flanqueado por cactus con cardones y trupillos sobre los que agonizan bolsas de plástico como banderas, la estructura de cemento y barandas despintadas, justo frente a la carretera, parece esperar a ser ocupado. Y, siempre y cuando haya una buena excusa para hacerlo, lo estará: en junio del 2018, la comunidad de Villa del Sur organizó un torneo deportivo para celebrar su primer año de existencia.

Es un barrio dinámico bajo el calor del verano y las inundaciones del invierno. En él, hoy Andrea aprende sobre migración, sobre derechos inherentes a la niñez y sobre gestión de proyectos de la mano de Aldeas Infantiles. Pero, hasta hace poco menos de un año, representaba un escenario radicalmente diferente para ella. “Me la pasaba encerrada, sin nadie”, cuenta. “Sin luz. Aquí, nuestro canal de tele era ver el amanecer, el anochecer, y ya”.

Si acaso, los ruidos de los pájaros le hacían compañía mientras ella lloraba, mientras dormía tras acostarse apenas se ocultara el sol. Y, entre tanto, sus hermanos, con pocas preguntas y muchas ganas de hacer lo que mejor saben hacer en un predio sin reglas claras ni automóviles que los pusieran en peligro en la calle, empezaron a adueñarse de su nuevo espacio: a jugar entre ellos, a explorar el terreno, a fingir que dos palos de madera eran espadas, a lanzarse agua cuando su mamá podía dárselas.

“Ellos se adaptan fácil. Siento que para mí fue un poco más difícil”, me explica Andrea mientras mira hacia la puerta de su casa, por donde sus hermanos corretean con otros niños. “Es que estaba viniendo a un lugar que no conocía, exponiéndome a quién sabe qué cosas. No sabía quién nos iba a recibir aquí, no sabíamos con qué pensamientos tenían de nosotros… Y fui yo la única persona entre mis amigos a la que he conocido que le ha pasado algo así”.

En su cabeza se sentía la única, como muchos migrantes sienten que son los únicos que migran. Es lógico sentirse así: los flanquea el desasosiego de lo que fue más que la esperanza de lo que se viene. “Yo me reservaba lo que sentía, no se las contaba a mi mamá ni nada”, continúa Andrea, “pero después ella vio un cambio en mí, me vio más triste, me preguntaba que si me aburría aquí… Por eso después ella me dijo que me tenía que acostumbrar porque… ‘Si fuera por mí’, me dijo, ‘quisiera que tuvieran una mejor calidad de vida pero nos toca estar acá’. Nos toca porque mi papá no nos colabora en nada. Él vive con mis otros hermanos y mi madrastra en Riohacha. A veces lo llamamos para ver si nos colabora con la alimentación pero no, no le importa”.

Afuera, los niños ríen.

“Él prácticamente lo que hizo fue engendrar, y ya. Y nos dejó abandonados. Rencor, le tengo rencor”.

Lizeth y su hijo Luis viajaron juntos. Una vez ella decidió ir a Maicao, un hermano suyo la ayudó dándole varios panes que podría vender o comer durante el camino. Viajaron desde Maracaibo, pasaron por una trocha que no era más que un terreno baldío y llegaron a la ciudad sin saber exactamente a dónde iba pero sabiendo que debían contactar a un compatriota llamado Ronald, un hombre cojo que nunca les cobró nada por estar en el espacio en el que él les aseguraba que podrían dormir seguros, aunque fuera en la calle.

Madre e hijo durmieron durante dos meses en una hamaca en la parte frontal de un restaurante. Antes de acostarse, escondían la ropa tirándola al techo. Aprendieron a la fuerza: un día les habían robado las cosas durante la noche porque las habían dejado al lado de donde dormían. Se levantaban todos los días antes de las seis de la mañana, antes de que llegaran los dueños del local.

Eventualmente, Lizeth consiguió una caja de cigarrillos y un par de termos de café y comenzó a vender en las calles de la ciudad. Eventualmente, Luis se dirigió a otros restaurantes durante el día para pedirle dinero a los comensales.

A Luis lo miraban mal, raro. A veces lo regañaban cuando iba a buscar potes de refresco para tener durante el día, pero nunca lo han insultado. No importa: la recepción que recibe en Colombia no es su mayor problema. “A veces mami dice ‘Quiero volver pa’ Venezuela, ya no aguanto esto’. Le digo: ‘Mami, vamo’ a aguantar’”, me explica. “Yo a veces quiero volver, sí, y a la vez no. Por la situación de allá”.

También extraña a su hermana pequeña de tres años, que está en Maracaibo con su tía. Lizeth dice que consiguió hace pocos días tramitar un carné fronterizo para poder volver pronto a visitarla.

Así, recordando a su pequeña y sentada en la entrada de la carpa que comparte con su hijo en el campamento de refugiados de Acnur, Lizeth cuenta que suele decirle a Luis que hay cosas que él no entiende. Que ella sí entiende que le diga que aguanten y que aguanten, pero que él no entiende.

Le dice: “Yo no tengo baño, me tengo que bañar más que tú”.

Le dice: “Tengo que pagar 200 pesos para bañarme, 500 o 1000 para usar el baño de un comedor”.

Le dice: “Si no pago eso, tenía que usar una sábana para taparme y echarme agua en medio de la calle”.

“Y eso me daba pena”, me dice.

Porque le responde, en últimas: “Vos no sufrís mucho porque sos varón”.

“Me ha tocado acostumbrarme a Villa del Sur. En eso, he hecho muy buenas amistades”, cuenta Andrea. Además, cuenta que a veces sus compañeras del colegio al que asistía en Riohacha la visitan y que ella, cuando puede, las visita a ellas. “En Semana Santa me fui a la casa de una amiga y me demoré allá como tres días. Siempre quedamos en contacto”.

Como la familia de Andrea fue de las primeras en llegar a Villa del Sur, el crecimiento del barrio para ella ha sido sorprendente, pero también orgánico. “Nunca sentí la migración venezolana como una amenaza. Me sentía normal. Quizás hay gente que lo percibe de esa manera porque de pronto piensan que no saben con qué pensamientos vienen ellos. Lo he escuchado por ahí: algunos hacen unos comentarios horribles hacia los migrantes. Es tan feo. En este barrio y en la propia ciudad los discriminan mucho: dicen que fueron a acabar con el empleo aquí, a robar… Pero yo tengo muchos amigos venezolanos y me siento bien con la amistad que tengo con ellos”.

Está pensando en una amiga en particular, que la ha sabido escuchar y que se ha sentido relacionada con su soledad, con su transición, con su adaptación. Se llama María de los Ángeles, y es colombovenezolana. Fue ella quien le recomendó que se cambiara a un colegio más cercano a Villa del Sur para que no dependiera tanto del transporte hasta Riohacha para poder estudiar.

Antes de despedirme de Andrea, nos damos cuenta de que el aire, empolvado pero tranquilo, había empezado a volverse grisáceo, a ensombrecer a las personas que pasaban en bicicleta por la carretera que lleva a Riohacha: frente a Villa del Sur, un grupo de hombres incendia los pastizales resecos de más predios sin reclamo; otros aglomeran ladrillos en paredes que llegan a la altura de las rodillas. La migración no se detiene.

Y ella, Lizeth, en este momento, dice que el escenario ideal para ella sería poder trabajar con comida frita en Maicao: tener su calentador, su filtro para el aceite, vender a su propia discreción y poder arrendar una habitación.

“Quiero estar fija en un lugar”, dice. Está cansada. Pero también planea ir a buscar a su hija menor y traerla a Colombia.

Antes de llegar al campamento de Acnur, ella debía pasar unas siete horas al día caminando para después recolectar dinero de otra gente, recolectar de su caridad. Ella es la única compañía para Luis, el único faro; en este momento, la única caricia. “No me siento un extranjero acá pero no me siento acompañado por otros venezolanos”, dice él. “Solo me siento acompañado por mi mamá”.Quieren que toda su familia viva en Maicao para no sentirse solos nunca más.

Texto y reportería: Maru Lombardo. Fotografías: César Melgarejo. Editor de Especiales digitales: José Alberto Mojica. Agradecimiento especial a: Aldeas Infantiles Colombia.

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