La tragedia profunda del Líbano


El 4 de agosto, la explosión de un depósito donde había almacenadas casi 3.000 toneladas de nitrato de amonio arrasó con el puerto de Beirut y destrozó gran parte de la capital libanesa. Al menos 180 personas murieron, miles resultaron heridas y cientos de miles se quedaron sin casa. Para un país que ya venía sacudido por una crisis política y económica, los desafíos no hicieron más que agudizarse. La única posibilidad de superarlos reside en una reforma profunda del sistema político y de las alianzas regionales del Líbano.

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Según el gobernador de Beirut, las pérdidas económicas totales como resultado de la explosión pueden alcanzar entre 10.000 y 15.000 millones de dólares. Sin embargo, el Estado libanés ya está al borde de la quiebra. Ahora bien, con el régimen cleptocrático e incompetente que gobierna el país, ningún prestador internacional, ni siquiera el Fondo Monetario Internacional, está dispuesto a ofrecerle crédito.

Sin duda, como resultado de esta tragedia, el Líbano recibirá una ayuda internacional considerable. Los donantes ya han prometido casi 300 millones de dólares en asistencia humanitaria para respaldar la atención sanitaria, la seguridad alimenticia, la educación y la vivienda. Pero para impedir que ese dinero caiga en “manos corruptas”, como dijo el presidente francés, Emmanuel Macron, la ayuda será encaminada a través de Naciones Unidas y ONG, y no a través del Gobierno libanés. Los donantes saben que, si los gobernantes actuales del país están en control de las finanzas, sus aportes no harán más que perpetuar la corrupción y la crisis de este país.

Desafortunadamente, esto es solo un paliativo financiero temporal que no puede resolver las causas profundas de los males del Líbano. Es más, podrían llegar a aligerar la presión interna sobre la cuestionada clase política del país.

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Los donantes internacionales reclaman una gran reforma política y económica. Pero la triste verdad es que superar los poderosos intereses en juego hoy en el Líbano –entre ellos su clase gobernante y las potencias externas, como Irán y Siria, que ejercen una considerable influencia doméstica– será casi imposible. El presidente del Líbano, Michel Aoun, una marioneta de Hezbolá, no lo permitirá.

Un equilibrio frágil

La política del Líbano refleja la permanente lucha sectaria del país. Todo lo que se interpone entre una relativa calma y un caos violento es un sistema frágil de distribución del poder que incluye a grupos étnicos y religiosos enfrentados, entre ellos los cristianos maronitas, los drusos y los musulmanes suníes y chiíes.

Pero ese sistema desde hace mucho tiempo depende de gigantescos ingresos de capital, que permitieron que la élite sectaria se afianzara a través del clientelismo. Una interrupción repentina de esos ingresos el año pasado hizo añicos los cimientos del sistema, desatando protestas generalizadas y sacudiendo la delicada paz del Líbano.

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Beirut 3

El primer ministro de Líbano, Hassan Diab, decretó luto nacional el miércoles por «las víctimas de la explosicón del puerto de Beirut».

Sin embargo, la dinámica interna del Líbano no se puede separar de los acontecimientos regionales. La política sectaria del Líbano ha permitido que las potencias extranjeras ganen una posición sólida en el país, convirtiéndolo en una parte integral de un eje de resistencia liderado por Irán en contra de Israel y los proyectos regionales de Estados Unidos.

El enorme apoyo de Irán a Hezbolá ha permitido que el partido político y la milicia chií se conviertan en lo que probablemente sea el actor no estatal más poderoso del mundo, con capacidades militares que eclipsan a las del ejército del Líbano. Es revelador que, cuando Macron visitó Beirut después de la explosión del puerto, multitudes corearon: “Libérennos de Hezbolá”.

Pero Hezbolá goza de un amplio respaldo entre los chiíes del Líbano, que representan un tercio de la población del país. Y la soberanía del Líbano sigue estando subvertida por Irán, que está profundamente comprometido con la idea de utilizar a Hezbolá para promover sus propias prioridades estratégicas.

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Cuando se produjo la explosión de Beirut, un tribunal especial respaldado por la ONU estaba a días de pronunciar su veredicto en el juicio de cuatro supuestos miembros de Hezbolá por el asesinato en 2005 del ex primer ministro libanés (y el hombre de Arabia Saudita en Beirut) Rakik Hariri.

El enorme apoyo de Irán a Hezbolá ha permitido que el partido político y la milicia chií se conviertan en lo que probablemente sea el actor no estatal más poderoso del mundo

Peligro latente de guerra

El espectro de una guerra entre Israel y Hezbolá ha venido creciendo últimamente. Un aspecto positivo de la explosión en Beirut es que evita –o al menos dilata– la posibilidad de ese conflicto, en el que Israel destruiría la infraestructura del Líbano para neutralizar los 150.000 misiles que Hezbolá ha escondido entre la población civil, antes de que caigan sobre su territorio. Las actuales penurias del Líbano hacen más difícil que Israel pueda realizar un ataque preventivo a las capacidades militares de Hezbolá, y desalienta a Hezbolá de antagonizar con Israel. Pero cualquier disuasión mutua que exista es frágil. Si Hezbolá (con la ayuda de Irán) desarrolla misiles de precisión, no hay ninguna perspectiva de éxito.

Aun sin estos armamentos, la esperanza de la comunidad internacional de usar la ayuda como una palanca para generar un cambio –una esperanza compartida no solo por potencias occidentales como Francia, sino también por Arabia Saudita y los otros estados del Golfo– tal vez no arroje frutos. Como presuntamente el propio Macron le dijo al presidente de EE. UU., Donald Trump, las sanciones contra Hezbolá les hacen el juego a ellos y a Irán.

Una sociedad desafiada

Dicho esto, la sociedad civil vibrante y bien desarrollada del Líbano ya logró forzar un cambio antes. Después del asesinato de Hariri, la Revolución de los Cedros –una serie de manifestaciones bajo el lema ‘libertad, soberanía e independencia’– provocó el retiro de las tropas sirias del Líbano.

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Pero la sociedad civil libanesa se enfrenta hoy a una barrera mucho más fuerte que la que los sirios sitiados podían montar en 2005. En los últimos 15 años, Irán ha invertido profusamente para convertir al Líbano en su campo de juego estratégico. Como resultado de ello, Hezbolá es más poderoso y el Líbano, más dependiente que nunca de las potencias externas, entre ellas Irán, Siria y Rusia.

Estas potencias no se relajarán ni permitirán una reforma del sistema político que ha transformado al Líbano en una ficha crucial en su estrategia regional, inclusive a costa de convertir al país en otra Libia. Lejos de una nueva Revolución de los Cedros, los esfuerzos por exigir una reforma podrían derivar en un conflicto muy parecido a la guerra civil de 1975-90, en la que las potencias extranjeras y las milicias locales enfrentadas aunaron fuerzas y destrozaron al Líbano. De esta magnitud es la encrucijada que se vive hoy en ese país.

SHLOMO BEN-AMI*
© Project Syndicate
Tel Aviv* Ex ministro de Relaciones Exteriores de Israel y actual vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz.

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