¿Quién es Germán Efromovich?


El antiguo dueño de Avianca confesó en esta entrevista de 2013 que nunca ha pagado un tiquete de avión en primera clase y que su única extravagancia ha sido el trabajo. 

Desde muy joven supo lo que era labrar un camino propio de negocios con una mezcla de intuición, suerte y oportunidad. “Yo he perdido algunas batallas. Si pierdes la guerra, chao.(…) El secreto es cómo sobreponerse”, asegura.

Ahora que su caso hace parte de las investigaciones de la Operación Lava Jato, en Brasil, el empresario de 70 años y de origen judío enfrenta una de las batallas más sonadas de su carrera en los últimos años. BOCAS comparte esta faceta íntima de Germán Efromovich que deja entrever su filosofía de vida, sus recuerdos y osadías.

¿Qué fue lo que lo motivó para convertirse en un empresario?

La gente me hace esa pregunta como si ser empresario fuera el auge del ser humano. No lo es. El auge del ser humano es hacer lo que le gusta y lo que lo realiza, y con ello sobrevivir. Como ocurre con un gran pintor, un músico o un excelente ejecutivo. Yo
diría que ser empresario no es lo mejor. Al contrario, las responsabilidades son mucho mayores. En el caso nuestro son casi 40.000 familias. Sin intención de arrogancia, ser empresario es un deseo de realización como el ser cualquier otra cosa. ¿Cómo surge de uno? Por iniciativa, por independencia, por querer construir o para ser algo más, de la misma forma como lo hace un actor cuando sale a escena o un pintor cuando hace sus cuadros.

Pero algo lo tuvo que determinar en específico. ¿Fue su padre?

Desde muy joven trabajé con él. Siempre quise ser independiente. Lo fui desde los 16 años. Y trabajo desde los 10 años. Tengo una personalidad muy fuerte, me gusta hacer las cosas a mi manera. Soy terco, de cierta forma. Pero esto no es una fórmula. No es decir “yo quiero ser esto y aquello”. Depende de uno y del ADN histórico familiar. En mi caso hay varias cosas: moverse de un país a otro y tener que desarrollar el interior de uno para hacer nuevos amigos en cualquier lugar cuando uno llega,  pincipalmente en la adolescencia.

¿Qué los hacía moverse tanto de país? Usted nació en Bolivia, se fue para Chile y después para Brasil.

¡Esa es una historia gorda! ¿Cuántas páginas tiene en la revista?

¡Muchas!

Soy primera generación descendiente de familias que vivieron la Segunda Guerra Mundial y en el caso judío, que vivieron el holocausto. Por el lado de mi padre, él fue el único sobreviviente de toda la familia. Mi abuelo paterno cavó su propia sepultura en su casa y lo fusilaron frente a la familia, y a mi abuela y a mi tío los quemaron. Mi papá, como de película, saltó de un camión y corrió mientras le disparaban con ametralladoras, y tuvo suerte. Llegó a Rusia. Lo deportaron a Siberia, donde trabajó a
menos 40 grados centígrados, y por ahí sobrevivió. Andando por Siberia se encontró con la familia de mi mamá en un campamento. Ellos se habían salvado porque mi abuelo materno decidió irse para Rusia porque escuchó que estaban matando civiles por su credo religioso. Agarró a sus dos hijas, su carreta, su caballo, sus pertenencias y se fue para allá. También los deportaron a Siberia. En esas andanzas de mi papá, se encontró en ese campamento con mi mamá. Se enamoraron y se casaron al final de la guerra. Pasaron un par de años en un campo de refugiados, cerca de Múnich, Alemania, donde nació mi hermana. La diferencia entre un campo de concentración y uno de refugiados es que usted no está preso, pero las condiciones de vida son las mismas. Ellos esperaban documentos para irse de Europa a cualquier lugar. El objetivo era Estados Unidos, pero se cerró para la inmigración. Finalmente, consiguieron irse a Bolivia y llegaron a La Paz.

El ser humano es una cosa maravillosa. Funciona mejor
y reacciona mejor cuando
está presionado

¿Y cómo salió adelante su papá?

Empezó vendiendo pan y leche en las puertas de las casas. Hablaba polaco, ruso, yiddish, alemán, todo menos español, quechua y aimara. Así comenzó a mantener a la familia. Mi tío David, el marido de la hermana de mi mamá, y mi papá hicieron una
sociedad. Él tenía un problema de corazón y no podía vivir en La Paz, a 3.600 metros de altitud, así que decidieron moverse todos a Chile. Llegamos a Santiago y mi papá optó por Arica. Quería tentar la suerte ahí porque era un puerto libre. Se fue a
Nueva York, consiguió unas representaciones y las trajo. Comenzó a importar gracias a que judíos de esa ciudad le dieron el crédito. Con eso se levantó. Yo fui criado en Arica. Nuestra primera casa fue, literalmente, un contenedor de dos y medio por seis
metros.

¿Cuántos vivían ahí?

Yo, mi prima Raquel, mi papá y mi mamá. Mis hermanos se quedaron en Santiago. Había un agujero en el contenedor y, al lado, una cubierta, como una carpa, y allí quedaba el cuarto de mis papás. Yo dormía en la mitad del contenedor, esa era la habitación mía y de mi prima; yo dormía encima de un baúl con un colchón y ella en una cama. Había una mesa, que era para cenar.

¿Qué edad tenía?

Ocho años. A los diez nos cambiamos para un departamento.

¿Qué aprendió de esa etapa?

El ser humano es una cosa maravillosa. Funciona mejor y reacciona mejor cuando está presionado. A pesar de todas las dificultades, gracias a Dios teníamos salud, comida, ropa y escuela. Nos divertíamos con poco. En esa época ni televisión había.

¿A qué jugaban?

De todo. A cosas que los niños ya no juegan hoy. Hacíamos carritos de balineras. Los caballitos con palo de escoba. La única radio que había en Arica se llamaba Radio Moro de Arica. Tenía un programa infantil a las cuatro de la tarde. Yo era el presidente del Club del Tío Luis. Había dos hoteles. Uno que quedaba cerca de la playa. Todos los domingos, para la élite de Arica, se servían las onces. Entonces nosotros íbamos con el Club del Tío Luis para presentarles teatro a los niños de las familias ricas. Nos daban torta y té gratis. Después continué haciendo teatro, ¡creo que continúo hasta hoy!

Mientras vivía con su familia en el contenedor, ¿se juró alguna vez nunca volver a repetir esa historia?

Para nada. Nunca me sentí mal por no tener una condición más cómoda, como la que tengo hoy. Estaba bien lo que tenía. Nunca sentí esa falta. También influyó la filosofía de sobrevivencia de mis padres, de pasar lo que pasaron y seguir. Te digo más. De los mejores viajes que hice en mi vida fue el de mi luna de miel, sin un peso en el bolsillo, quedándome en moteles baratos y comiendo en lanchonetes (cafeterías populares) en Estados Unidos. Fue la primera vez que fui a ese país. Teníamos la plata contadita. Eso fue en 1975. Yo había acabado de graduarme en la Escuela de Ingeniería.

Efromovich en Bocas 2013

El empresario de origen judío es padre de tres hijas, abuelo, y su historia familiar guarda relación con el exterminio judío y el destierro de sus padres que se conocieron mientras vivían en Siberia.

Foto:

Juan Pablo Gutiérrez

Cuando se leen las historias de los magnates queda al descubierto que muchos de ellos sabían desde niños qué iban a ser. ¿Le pasó?

No. Yo iba haciendo las cosas en la medida en que las oportunidades iban apareciendo. Siempre ocupándome más, trabajando más. No tenía y no tengo la idea de “me voy a llenar de plata y voy a parar de trabajar”. El dinero es una consecuencia.
Miguel Ángel no pasó 20 años pintando la Capilla Sixtina por dinero. Al Capone no fue el bandido que fue solo por dinero, también lo hizo por pasión, así fuera maquiavélica. Pablo Escobar, un hombre brillante que si hubiera utilizado la capacidad e  inteligencia para el bien, hubiera sido un héroe. Nadie que quiere construir y realizar lo hace por dinero. El dinero y los beneficios son una consecuencia. Y mucha gente no los usa: los bandidos porque se mueren antes y uno porque no tiene tiempo. Otros
los donan.

Entonces, nunca se vio en el futuro como un tipo rico.

No. Y mi vida es una vida normal

¿Cuál fue el último regalo que lo sorprendió?

Todos los días me sorprendo. Cuando construyes y lo haces de corazón abierto, y te rodeas de gente buena, todos los días te sorprendes. ¿Cuál fue el regalo de hoy? La nueva marca de Avianca. Todos los días es una nueva aventura. Tú creas la oportunidad para esa nueva aventura. No todo es suceso porque se pierden algunas batallas. Lo importante es no perder la guerra. Lo más importante es el optimismo. Hay mucha gente que es muy pesimista y destructiva. Consiguen enfermarse con lo que se llama –y no lo consigo entender– depresión.

¿No la entiende?

No la entiendo. Consigo aceptarla porque sé que es una enfermedad. Pero no me pasa por la cabeza cómo una persona no pueda controlar su propio ser. Pero uno lo ve en la cotidianidad. La gente va cediendo ante charlatanes

Siempre quise ser  independiente. Lo fui desde los 16 años. Y trabajo desde los 10 años. Tengo una personalidad muy fuerte, me gusta hacer las cosas a mi manera. Soy terco, de cierta forma

A todas estas, ¿cuál fue su última excentricidad?

Mi excentricidad es el trabajo. Yo a las 6.30 o 6.40 de la mañana estoy en la oficina. Si la definición de eso es excéntrico, pues sí, lo soy.

¿Y qué cosas se ha permitido aparte de trabajar?

No tengo ganas de tener un yate ni un avión. ¡Bueno, tengo unos 160! En Brasil manejo mi carro solito. Es del año 92. Mi hija tiene un Toyota. Un día me preguntaron: “¿Usted por qué maneja ese carro y su hija un Toyota?”. Y yo respondí: “¡Porque ella tiene un papá rico!”.

¿Cuál fue la filosofía en la crianza de sus tres hijas?

Tengo tres hijas casadas. No les doy un peso. Todas viven con su marido y son independientes. Les di educación. Obviamente, un día tendrán una herencia, pero hoy no me piden y hacen su vida propia. He conseguido que valoren las cosas. Hasta con mis nietos. “Esto no porque es muy caro”, les digo. “¿Esto sí?, abuelo”. “Sí, esto sí”. Y un solo regalo por vez. Ellos tienen que saber los límites y el valor de la vida, aunque no lo van a tener nunca porque no tienen la experiencia de uno, algo que
es medio frustrante, pero tampoco quisiera que tuvieran esa experiencia, que realmente no fue sufrida. Mi infancia y juventud fueron las mejores épocas de mi vida. No fui torturado. No viví en un campo de concentración. Tuvimos una vida humilde. Sabíamos vivir con lo que teníamos y éramos felices.

¿Evoca mucho esos años o es de los que no miran con nostalgia hacia atrás?

Una de las canciones de Chico Buarque dice: “La cosa más bonita de este mundo es ver cada segundo como nunca más. Cada momento es una etapa de tu vida. Lo tienes que vivir como nunca más”. Y siempre tienes que buscar dejar una huella. Dejar
algo para que tú sepas, si existe algo después, y quien te sigue, tus hijos o tus nietos, que hiciste algo bueno.

¿Y cuál es su huella?

Todo lo que estoy haciendo, gracias a Dios. Y me siento muy realizado.

¿Y qué le falta?

Hacer mucho más.

¿Qué recuerda de cuando ganó su primer millón de dólares?

En cada etapa, cada cosa un poquito mayor que consigues, es lo más enorme y te hace buscar lo próximo, que no sabes si va a ser igual. Me acuerdo del primer contrato grande que tuvimos. Teníamos que comprar una máquina que costaba 350.000 dólares. Tuve que dejar como garantía mi vivienda. Nos fuimos con José, mi hermano, a Estados Unidos, porque yo firmé el contrato sin tener la máquina y teníamos que traerla en seis meses. Ahí hicimos nuestra primera sociedad. “Guau, qué negocio”, pensamos. Después la vendimos y nos entró el primer capital importante. “Guau, qué negocio”. Pero siempre hay que buscar un poco más. No más,
insisto, en el sentido de dinero. El problema no era “gasté 350.000 dólares y voy a ganar un millón” o “conseguí una sociedad que nos va a dejar una empresa grande, vamos a poder tener tecnología, nacionalizar y ser una empresa de 1.500 empleados en Brasil”, que nadie tenía. “Guau, que vamos a ser la aerolínea líder de las Américas”. No importa si eso va a dar uno, dos o tres millones de dólares, porque uno no tiene tiempo de gastarlos. Lo máximo que gastas es en una comida en la Zona T.

¿Cuánto?

Depende. El vino más caro que llega a mi mesa es Don Melchor. Hasta ahí llegamos.

En ese camino, cuando ves una oportunidad, a veces muy arriesgada, y decides tomarla, mucha gente te puede decir que eres un loco

Si tuviera que escoger los momentos decisivos para armar su emporio, ¿cuáles serían?

No existen. Existe una secuencia y el día a día. Acostumbro preguntarle a la gente en entrevistas y presentaciones si pueden definirme el concepto de suerte. Si les preguntas a 500 personas qué es suerte, cada una te va a dar una definición diferente. Yo busqué juntar todas esas respuestas para definirla. Es un trípode que está compuesto por estar en el lugar correcto, en el momento correcto y tener visión y, obviamente, coraje. Y en ese camino, cuando ves una oportunidad, a veces muy arriesgada, y decides tomarla, mucha gente te puede decir que eres un loco.

¿Y a usted lo han calificado de loco muchas veces?

Sí. Hablemos de Avianca. Cuando llegamos, vi adónde teníamos que ir. Estaba quebrada y nosotros, sin plata. Teníamos que renovar flota, pero no teníamos dinero. Y justo se me apareció la oportunidad de comprar 29 Fokker 100. Cuando presenté
eso a la junta de Synergy –el conglomerado de sus empresas–, porque Avianca no tenía recursos, me dijo que no por tres motivos: porque pensaban que esos aviones no servían, porque no teníamos plata y porque no veían que fueran necesarios. Compré
los 29 Fokker, cuando todavía estábamos en la fase final de cerrar Avianca, por la oportunidad. La gente de Synergy me decía: “¿Y usted qué va a hacer con eso y qué va a pasar si no resulta?”. Lo mismo pensaban los pilotos. El señor Alberto Padilla,
presidente del sindicato, me dijo en una reunión: “¿Usted por qué está comprando esos aviones?”. Entonces, le respondí: “¿Es que acaso yo le pedí plata prestada para comprarlos?”. “No”, dijo. “¡Entonces cállese!”. Se lo dije enfrente de todo el mundo.
Moraleja: si nosotros no hubiéramos comprado esos aviones, Avianca no sería lo que es hoy.

¿En cuánto tiempo la recuperó?

Después de que nosotros entramos la empresa nunca perdió plata. Eso no lo hice yo, sino un equipo liderado por Fabio [Villegas, presidente de Avianca]. Uno pelea con las ideas que otros no ven. El plan con la flota Airbus de la serie A319 y A320 era adquirir 33 aviones. Yo compré 67. ¡Querían matarme! Hoy, en la presentación de marca, se
habló con mucho orgullo del crecimiento de Tampa. Cuando dije que íbamos a comprar los A330 cargueros, me querían fusilar. Los tuve que comprar por Synergy Group. Es que sabía que los íbamos a necesitar. Avianca ya tiene cuatro y ya me pidieron otros dos.

¿Cuál es el balance entre las decisiones intuitivas y las calculadas?

Que me equivoqué algunas veces, sí, lo hice. Pero han sido más las veces en que no me he equivocado. Es lo que uno ve, siente y lo que uno no consigue explicarle a la gente, porque a uno le parece obvio.

¿Qué otras decisiones han sido del estilo de Avianca?

Comprar dos astilleros totalmente quebrados, con 450 millones de dólares de deuda, cuando no había ni una sola orden en el mercado y nadie pensaba en el crecimiento de la industria naval, que creció como creció seis años después.

¿Y cómo llegó a esa “locura”?

¡Era bonito el astillero en la bahía de Guanabara (Brasil)! La verdad, no lo sé explicar.

Pero usted debe tener un montón de gente que le hace los estudios.

No, cuando estudian mucho no pasa nada. Si usted no quiere hacer algo, llame a un grupo de estudio y a un abogado porque ahí no va a pasar nada. Hay una decisión que se tomó ahora, de la que no le puedo hablar todavía. Se contrató un estudio, se le presentó a la junta y se dijo que no servía. Yo fui a ver. Hice mi estudio a mi manera y cerré el negocio en estos días. Todavía no está para hablar de él.

¿Y es en Colombia?

Más o menos.

Germán Efromovich Bocas

No es un hombre que confiese estar obsesionado con el dinero, sin  embargo, es osado para los negocios y fuerte para recuperarse de los fracasos.

Foto:

Juan Pablo Gutiérrez

A usted lo ven mucho atendiendo pasajeros. ¿Por qué una persona que está en una posición como la suya decide bajarse de su silla e irse al terreno?

Esa es mi pasión y mi hobby. Es la forma como no permito que me engañen con presentaciones de power point. En la trinchera, tú ves cómo es la cosa en realidad. Me cercioro de que los aviones estén limpios. Voy a saludar a los pilotos y veo si me tienen algún chisme o algún cuento. Saludo a las tripulaciones. Me paro en la puerta del avión. Recibo a mis pasajeros, junto con las niñas auxiliares de vuelo. Escucho reclamaciones y elogios. “Flaco, anota ahí, vamos a verificar qué pasa”. Es fama en
el aeropuerto: el día que Germán Efromovich está ahí los aviones salen diez minutos antes.

¿Eso lo hace con sus otras empresas?

Lo hago en todos lados y no es mi invención. Me gusta el contacto y saber si estamos haciendo una buena labor. Desde los colaboradores más humildes hasta los pasajeros se me acercan. Y más importante que para los clientes, es para los colaboradores
saber que usted está al lado de ellos, saber que les presta el oído si quieren decir algo y que usted hace lo que ellos hacen sin ningún inconveniente.

Dicen que Avianca es su ñaña.

Sí, esa gente tiene toda la razón.

Y que quizá, cuando se hace una revisión de sus empresas, Avianca no representa lo que constituyen otras.

Es verdad. Es la ñaña. Podría llamarlo una pasión. Avianca significa la integración con la gente y construir sin la influencia de terceros. Siempre trabajé en astilleros haciendo licitaciones públicas. No dependía solo de lo que yo hacía. En Avianca, sí. Si es leal al cliente. Si sale cumplido. Si es transparente con su gente. Si les dice lo que no quieren escuchar, pero lo hace de alma abierta…

¿Qué tanto le gustaban los aviones antes de adquirir empresas de aviación?

Siempre me gustaron. Antes de estar involucrado en aviación volaba mucho por necesidad profesional. Llegué a acumular 3,7 millones de millas en American; 1,8 en British y 1,5 en Varig. Siempre viví metido en un avión. De las frustraciones que
tengo es no saber pilotar. Eso sí, nunca me imaginé lo de la línea aérea. Acabé en eso por accidente.

¿Tiene algún ritual cuando está en esos vuelos largos?

Sí, no tome licor antes de subirse al avión. Hágalo cuando esté dentro de él. Eso, por el problema de la presión.

¿Qué toma?

Un whisky. Después un vino con la comida y, al final, un digestivo. Después viene el antifaz y chao.


¿Y viaja en primera clase?

No. Nunca he pagado un tiquete en primera clase. Tuve muchos upgrades, hasta en la época de Panam, donde tenía muchas millas, pero comprarlo no. Mi rabino me hubiera excomulgado.

A propósito de religión, ¿le pide a Dios que le ayude con los negocios?

Todos los santos días: salud. El resto “yo con yo”.

¿Existe la palabra fracaso en su vocabulario?

Depende de hasta adónde quiera llevarlo. Si es perder la guerra, nunca. Yo he perdido algunas batallas. Si pierdes la guerra, chao.

¿Cuáles han sido los momentos más duros?

Ha habido algunos. El día en que en Brasil nos despertamos y la ministra de Hacienda confiscó todos los dineros de las cuentas corrientes. Otros momentos en que teníamos tres por ciento de inflación al día. Fueron bastante duros. O como cuando importaba materiales para vender a crédito y, después de venderlos, prendí la televisión y me encontré con que el ministro de Hacienda dijo: “Vamos a devaluar la moneda treinta por ciento”; y como no tenía utilidades de treinta por ciento, no tenía cómo pagar la cuenta. El secreto es cómo sobreponerse.

POR: PAOLA VILLAMARÍN
FOTOS: JUAN PABLO GUTIÉRREZ
REVISTA BOCAS
JUNIO DE 2013

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