EE. UU. llega a las elecciones con una polarización extrema


A mediados de 1990, alrededor de un 20 por ciento de demócratas y republicanos en Estados Unidos tenían una percepción negativa de la oposición.

Pero en solo dos décadas, esa animosidad se ha disparado a tal punto que hoy la cifra ronda el 90 por ciento.

Es tan extrema la polarización que se respira en el país que uno de cada 3 ciudadanos, de acuerdo con un estudio reciente del Centro Hoover, cree que la violencia se justificaría si con ella se impide el ascenso de otro al poder. Algo inimaginable en un país como EE. UU., pero que tiene a más de uno preocupado por la salud de la democracia estadounidense.

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Especialmente en el marco de unas polémicas elecciones presidenciales en las que llueven las acusaciones de fraude y se ve al otro como un enemigo casi existencial.

Esto es más profundo que una competencia por el poder y va más allá de perspectivas divergentes en las políticas públicas. Es un disgusto visceral por el otro que se ha incrementado desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2016 y sus cuatro años fomentando la división para reinar”, afirma John Green, director del centro político Ray Bliss en la Universidad de Akron.

Pero Trump, sostiene el mismo Green, es solo la expresión de un problema mucho más profundo que lleva años cocinándose en una olla de presión que ahora está a punto de estallar.

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De acuerdo con David Baker, director del Centro Legislativo y Presidencial en American University, uno de ellos es que los partidos se han vuelto cada vez más homogéneos no solo en términos de ideología, sino en su composición racial y ubicación geográfica.

El Partido Republicano, por ejemplo, se ha tornado en un enclave de blancos con una visión conservadora de la sociedad que suele agruparse en suburbios y zonas rurales.
El Demócrata, por el contrario, es hoy una amalgama de minorías con posturas más liberales que se concentran en centros urbanos.

Cada pequeña cosa de nuestra vida cotidiana está dividida por líneas partidistas. Simplemente no tenemos contacto con personas que piensan distinto. Y si no tenemos ese contacto ni interactuamos con ellos, es improbable que una persona se vea expuesta a información que pueda cambiar o moderar las creencias sociales y políticas”, sostiene Baker.

Ese es el caso, al menos, de John Ritter, un residente del norte de Virginia que dice no tener un solo amigo demócrata. “No tenemos nada en común. Y los pocos que tenía ya no los frecuento porque las conversaciones siempre terminaban en pelea”, sostiene Ritter.

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Cada pequeña cosa de nuestra vida cotidiana está dividida por líneas partidistas. Simplemente no tenemos contacto con personas
que piensan distinto (…)

Un ambiente tan tóxico que incluso ha terminado por separar a familias enteras. “A mi hermana ya ni la invito a mi casa –dice Ritter–. Es como si viviéramos en dos universos paralelos”.

Si bien esas divisiones no son nuevas –muchos consideran que vienen desde la guerra civil de 1861, cuando el sur se enfrentó con el norte por la abolición de la esclavitud–, se han acentuado en años recientes por otros dos factores: la tecnología y cómo está ha transformado la manera de consume la información, y la “militarización” de esas rivalidades para alcanzar objetivos políticos.

Parte de esa nueva realidad quedó expuesta en El dilema social, un documental de Netflix que circuló este año y en el que exejecutivos y técnicos de gigantes en redes sociales como Facebook, Google, Twitter e Instagram muestran cómo estas firmas han contribuido al nivel de polarización que hoy existe, ubicando a las personas en burbujas donde solo reciben información que les atrae y como gancho para vender productos.

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“Si una persona le hace clic a una noticia –así sea falsa– sobre violentas protestas en las calles, el algoritmo bombardea a esta persona con el mismo tipo de información. El fin de estos medios es abrir más espacios para la publicidad de sus clientes. Pero el efecto es que termina aislando a las personas en nichos y modificando su percepción de la realidad”, sostiene Kevin Crust, experto en medios de ‘LA Times’.

Según Crust, es un círculo vicioso pues una gran cantidad de personas usan estas plataformas como su principal fuente de información.

Aunque las redes no son enteramente responsables por el clima actual, sí han amplificado un fenómeno que se venía consolidando desde la década de los 90, cuando aparecieron cadenas de televisión tipo Fox y MSNBC, que claramente tomaron partido a favor de posturas liberales o conservadoras.Lo otro que está contribuyendo a la polarización son los políticos y la percepción de que pueden sacar ventaja de estas divisiones.

Cuando un votante siente rabia contra sus rivales es más probable que vote por todos los candidatos del partido a nivel estatal y federal

Steven Weber, profesor de la Universidad de Indiana, acaba de publicar un libro en el que analiza cómo la rabia es el elemento que más influye en la mente de los electores.

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“Hace rato entendieron –dice Weber– que las políticas moderadas que buscan consenso no venden. O al menos no tanto como las que generan el odio de la oposición”.

En su libro, ‘El enojo estadounidense: cómo la rabia le da forma a nuestra política’, Weber usa estadísticas de las últimas tres elecciones para demostrar su impacto.

En el 2008, un 43 por ciento de los demócratas y un 46 por ciento de los republicanos expresaban ese sentimiento por la oposición. Eso pasó al 56 por ciento y 75 por ciento en el 2012 y luego, al 90 por ciento y 89 por ciento en el 2016.

Los políticos buscan producir esa animosidad por que un votante enojado es un votante leal. Puesto en términos simples, cuando un votante siente rabia contra sus rivales es más probable que vote por todos los candidatos del partido a nivel estatal y federal”, dice Weber.

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Según las encuestas que analizó este académico, cuando un elector decía no estar cómodo con el candidato de su propio partido, pero no sentía rabia por el de la oposición, solo el 22 por ciento terminó siendo leal al partido.

Pero cuando ese mismo elector expresaba profunda antipatía por los rivales, el 95 por ciento terminó votando por los candidatos de su partido, pese a no estar a gusto con ellos.

El ejemplo clásico de la explotación de este tipo de sentimiento se ha visto reflejado con claridad en la era de Donald Trump, dice el profesor. Además, es algo que están copiando no solo políticos de ambos partidos, sino alrededor del mundo.

Pero a un alto costo, sostiene Weber. “Es claro por qué los políticos incentivan esa rabia. Pero los efectos son muy negativos y se traducen en desconfianza frente a las instituciones. Si con el objetivo de motivar a su base los políticos dicen que las elecciones son fraudulentas o que no se puede confiar en el aparato de justicia porque está parcializado, el público pierde fe en instituciones que son pilares de la democracia. Y eso es grave porque son ellas las que nos sostienen como nación”, afirma el académico.

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Y es algo que está sucediendo a pasos agigantados. En 1958, un 73 por ciento de los estadounidenses decía confiar en las instituciones siempre o casi siempre. En 2019, esa misma cifra solo alcanzó el 17 por ciento.

Lo grave, por la manera como las personas están consumiendo sus noticias, de lo eficiente que parece ser la polarización para alcanzar objetivos políticos y el tribalismo en el que ha caído la sociedad estadounidense, es que no hay mucho espacio para la búsqueda del consenso y las soluciones. Y de allí a una fractura constitucional, incluso violenta, puede haber solo un paso.

SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO
Washington

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