Los 20 años del euro

Hace veinte años, el 1.º de enero de 2002, los ciudadanos de 12 países europeos comenzaron a utilizar los nuevos billetes y monedas del euro. Un proyecto gigantesco –emblemático de un momento en que los líderes europeos eran lo suficientemente audaces como para adentrarse en lo desconocido– se volvió así una realidad tangible.

Esta transición sin fisuras coronó una misión que se imaginó en los años 1970, se diseñó en los años 1980 y se negoció en los años 1990. Las expectativas eran altas: los defensores del euro esperaban que brindara integración económica y financiera, convergencia de políticas, amalgamación política e influencia global.

Dos décadas después, cuesta no sentirse desilusionados por la integración económica. Las evaluaciones tempranas del impacto comercial de la moneda única determinaron que apenas superaba el 2 por ciento. Una investigación reciente del Banco Central Europeo calcula que el efecto tal vez sea del 5 por ciento. Sigue siendo demasiado poco y, en sí mismo, no justifica el esfuerzo. Dos regiones dentro de Europa comercian entre sí seis veces menos en promedio si no están en el mismo país. Debido a la historia, a los idiomas, a las redes, a los sistemas judiciales y a la reticencia a unificar regulaciones, las fronteras nacionales siguen importando considerablemente.

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La historia de los servicios financieros es más dramática. En los primeros años, los bancos otorgaban crédito en el exterior, muchas veces de manera imprudente, hasta que la crisis del euro hace diez años desató una retirada precipitosa detrás de las fronteras nacionales. Los reguladores, apelando al famoso aforismo de que los bancos son globales en la vida pero nacionales en la muerte, les dijeron que dejaran de compartir liquidez con subsidiarias no nacionales. Lo que vino después fue una fragmentación.

La decisión audaz de lanzar una unión bancaria europea en junio de 2012 fue en respuesta a ello. Pero la implementación ha sido solo parcial: mientras que los bancos de la eurozona hoy están supervisados por el BCE, los casos de insolvencia de facto terminan en manos nacionales. La integración financiera de alguna manera se ha recuperado, pero el impulso es débil. Si bien los bancos paneuropeos podrían diversificar el riesgo en una escala más amplia, los gobiernos nacionales siguen negándose a renunciar a las relaciones de privilegio con “sus” sistemas bancarios.

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Por otro lado, se pensaba que la convergencia de las políticas hacia los actores de mejor rendimiento iba a resultar de la autodisciplina, así como de reglas de políticas fiscales y de la creación de procesos de coordinación. Pero, al haber renunciado a la autonomía en materia de política monetaria, muchos gobiernos rechazaron mayores requerimientos de Bruselas.

Durante diez años, el crecimiento del crédito y el de las tasas de inflación divergieron, pero a pocos, más allá del entonces presidente del BCE Jean-Claude Trichet, les preocupaba demasiado. Cuando finalmente estalló la crisis del euro, esta enfrentó directamente a los países miembros del norte y del sur de la UE.

La convergencia ha mejorado desde entonces. Bajo presión, las brechas de competitividad se han achicado. El BCE ha ayudado a aplacar la especulación de la salida de la eurozona, garantizando que los deudores en todos los Estados miembro tengan acceso a un crédito cotizado de igual manera. La respuesta a la crisis del covid-19 fue notablemente cooperativa, con apoyo de la Comisión Europea y el BCE. Y el programa de recuperación lanzado en el verano de 2020 rompió tabúes de larga data.

Factores de turbulencia

Hoy existe un debate sobre cuánta más reforma necesita el sistema de política macroeconómica de Europa. Según algunos, los acuerdos actuales funcionarían bien si los gobiernos respetaran las normas. Pero, como sostuve recientemente junto con un grupo de economistas y abogados, el entorno alterado de hoy implica que las prioridades de las políticas no pueden centrarse simplemente en fomentar la disciplina en cada Estado miembro.

Por el contrario, los altos ratios de deuda, las bajas tasas de interés, la probabilidad de una turbulencia recurrente y desafíos seculares como el cambio climático exigen coordinar las políticas monetarias y fiscales, reformar las reglas fiscales y adoptar disposiciones para enfrentar las crisis de manera conjunta. Es alentador que el primer ministro italiano, Mario Draghi, y el presidente francés, Emmanuel Macron, hayan respaldado esas reformas en un comentario reciente.

Se esperaba que la aglomeración política, un objetivo europeo de larga data, siguiera a la unión monetaria. A Hans Tiet-meyer, el difunto banquero central alemán, le gustaba citar a Nicolas Oresme, un filósofo medieval que decía que el dinero le pertenece a la comunidad y no al príncipe. Los defensores del euro esperaban, quizá confundidos, que una moneda común crearía una sensación de comunidad.

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Esto no pasó de manera directa. Durante las negociaciones de 1991-92 sobre el Tratado de Maastricht, se suponía que los gobiernos iban a discutir la unión política junto con la unión monetaria. Pero muchos países, empezando por Francia, rechazaron los modelos federales. Los ciudadanos en un principio trataban a los billetes de euros como un tecnicismo, no como una señal de pertenencia. Asimismo, los nuevos Estados miembro, esencialmente de Europa central y del este, que se sumaron a la UE a mediados de los años 2000 no compartían la filosofía posnacional de los padres fundadores de la Unión. La crisis del euro confirmó que la solidaridad seguía siendo escasa.

Pero el euro todavía puede generar una sensación de comunidad de manera indirecta. Si bien el miedo, no el amor, ha impedido hasta ahora que los países lo abandonen, en algunos sentidos el resultado es el mismo. Políticos populistas de extrema derecha como Marine Le Pen en Francia y Matteo Salvini en Italia les han bajado el tono a sus críticas del euro. Ningún político importante quiere seguir apostando en contra del euro.

La influencia global quizá sea el más elusivo de los cuatro objetivos del euro. Los responsables de las políticas conscientemente la relegaron durante dos décadas, y con razón: habría sido prematuro promocionar una moneda no probada como una alternativa para el dólar.

Un actor global

Sin embargo, con el paso del tiempo, la internacionalización del euro ha cobrado importancia. El liderazgo tecnológico de Europa se terminó, y su poder económico relativo está disminuyendo rápido, pero son pocos los países, si es que hay alguno, que puedan brindar una moneda global estable. China no ofrece la seguridad legal y la transparencia requeridas, Japón mira demasiado para adentro, y Suiza y el Reino Unido son demasiado pequeños. En un momento en que las tensiones geopolíticas están en aumento, en que China promueve un modelo sinocéntrico de relaciones internacionales y en que el compromiso multilateral de Estados Unidos está en duda, el estatus internacional del euro no es un logro trivial.

Los políticos a veces hacen inversiones de largo plazo. En retrospectiva, el euro fue una de ellas. Si bien las predicciones de sus fundadores muchas veces fueron demasiado lejos, probablemente haya sido una apuesta inteligente. Después de todo, la eurozona ahora tiene 19 miembros y hay candidatos esperando en la puerta. Y eso no es poca cosa.

JEAN PISANI-FERRY (*)
© PROJECT SYNDICATE
PARÍS

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