Kennedy vs. Nixon, el cara a cara que cambió la historia


Este 26 de septiembre se cumplen sesenta años de uno de los momentos más importantes de la política mundial y de la televisión. Fue, al mismo tiempo, un día en el que Estados Unidos inauguró una nueva modernidad y cambió la historia del mundo.

El escenario de este acontecimiento fue uno de los estudios de la cadena CBS en Chicago, donde los candidatos del Partido Demócrata, John F. Kennedy, y del Republicano, Richard Nixon, se enfrentaron en el primer debate presidencial televisado mientras 70 millones de estadounidenses observaban sus gestos y escuchaban sus palabras en los televisores de sus hogares.

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Además de producir un impacto decisivo en el resultado de la elección de 1960, el debate inauguró una nueva era en la que el aprovechamiento de la televisión y el cuidado de la imagen pública se convirtieron en ingredientes indispensables para el éxito de cualquier campaña electoral.

Posiblemente los protagonistas no previeron entonces las consecuencias que el evento tendría para su país y para la humanidad, pues se trataba, al fin y al cabo, de un acto de campaña electoral, semejante a muchos otros ocurridos a lo largo de casi dos siglos.

Pero el encuentro, observado en detalle por millones, causó un impacto que no puede compararse ni siquiera con los históricos debates senatoriales de 1858 entre Abraham Lincoln y Stephen Douglas, en los que el futuro emancipador de los esclavos ganó prominencia nacional y allanó el camino para llegar a la presidencia.

Lincoln y Stephens hablaron ante auditorios de diez mil a quince mil personas y los demás estadounidenses de la época se debieron conformar con la transcripción de sus intercambios en la prensa. En cambio, la discusión entre Kennedy y Nixon fue un show visto hasta en sus más pequeños detalles por una audiencia nacional. Un gesto, un suspiro, una mirada que serían imperceptibles en circunstancias normales adquirieron ese día una fuerza inusitada ante el ojo inquisidor de las cámaras.

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La televisión hizo el milagro de llevar la imagen y las palabras de los dos candidatos a todos los rincones de la enorme nación, desde las costas del Atlántico y el Pacífico hasta los Grandes Lagos, los Apalaches, las Montañas Rocosas y las fronteras con México y Canadá, pasando por las grandes llanuras centrales y las grandes planicies, y alcanzando las posesiones estadounidenses en el Caribe y el Pacífico, desde Puerto Rico y las Islas Vírgenes hasta Guam, las Islas Marianas y Hawái.

La transmisión del debate a una audiencia de tales dimensiones produjo en una hora lo que ninguno de los candidatos había logrado en meses de campaña a lo ancho y largo del territorio estadounidense. Aunque el del 26 de septiembre fue el primero de cuatro debates, resultó tan determinante que ese mismo día Kennedy se consagró como el vencedor del encuentro y además como el favorito para la elección, que ganó el 8 de noviembre siguiente.

Sus mejores armas no fueron la oratoria o la dialéctica, sino su figura fresca, vigorosa y saludable, así como su impecable traje oscuro, que contrastó positivamente con el decorado del estudio; mientras Nixon, que no aceptó maquillarse, exhibía un rostro lúgubre, la sombra de su barba y un traje gris que se perdía entre los tonos de la televisión en blanco y negro.

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A los 43 años –cinco menos que Nixon–, Kennedy era el candidato más joven que había aspirado hasta entonces a la presidencia de Estados Unidos. Tenía menos experiencia que su rival y, además, era el primer católico en llegar tan lejos en la política estadounidense. Estos dos factores parecían jugar en su contra. Pero su actuación en el debate lo favoreció. Ella fue el resultado de una cuidadosa preparación, en la que no solo practicó las respuestas a las posibles preguntas y hasta los gestos que podía hacer en las distintas situaciones, sino que tomó una siesta antes de salir hacia el estudio para llegar descansado al evento.

Esto le permitió mostrarse decidido, hablar con naturalidad y transmitir confianza. Nixon, en cambio, se veía nervioso, estaba pálido y sudaba. Había estado hospitalizado unos días atrás por una operación en una rodilla y tenía un aspecto de cansancio.

El debate estuvo centrado en la política doméstica y se desarrolló con normalidad. Para quienes lo escucharon por la radio en lugar de la televisión fue un virtual empate y muy parecida fue la elección, pues Kennedy ganó el 49,7 por ciento del voto popular contra el 49,5 por ciento de Nixon. En votos electorales Kennedy obtuvo 303 y Nixon, 219. En una competencia tan reñida, la televisión hizo la diferencia.

Modelo vigente

El debate incluyó turnos de presentación, preguntas de periodistas y declaraciones finales de los candidatos, siguiendo una pauta que se mantuvo en adelante y se aplicará en los debates programados para el 29 de este mes y el 15 y 22 de octubre entre Donald Trump y Joe Biden.

El moderador fue Howard K. Smith y los encargados de hacer preguntas a los candidatos fueron los periodistas Sander Vanocur, Charles Warren, Stuart Novis y Bob Fleming. En las respuestas Kennedy no aventajó a Nixon, pero en la imagen lo superó ampliamente.

El efecto del cara a cara sin precedentes de 1960 fue de tal tamaño que no solo alteró el curso de la campaña en favor de Kennedy. Además, cambió la manera de hacer política y marcó un antes y un después en materia de comunicación y marketing electorales. Los asesores de los políticos percibieron ese día la enorme importancia de la ‘pantalla chica’ y la necesidad de cuidar y promocionar la imagen pública de los aspirantes al voto popular. La oratoria tradicional pasó a la historia y los partidos políticos comprendieron que en adelante el uso adecuado de las técnicas y el lenguaje que requiere la televisión serían la herramienta decisiva para triunfar.

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A Kennedy también lo favoreció el cansancio del electorado con el gobierno republicano, que ejercía desde 1953 el general Dwight Eisenhower, héroe de la Segunda Guerra Mundial, en la que fue el comandante supremo de los aliados estadounidenses y británicos y dirigió la ofensiva final contra el Tercer Reich.

El popular Ike, como era llamado por sus compatriotas, recibió el ofrecimiento de los partidos Demócrata y Republicano para ser candidato presidencial en las elecciones de 1952, pero prefirió aceptar la nominación republicana. Sus dos períodos de gobierno fueron calificados de manera aceptable por los historiadores, pero al final del segundo el deterioro de la economía generó un descontento que acentuó el impacto negativo para la población estadounidense del lanzamiento por la Unión Soviética del primer satélite artificial, Sputnik 1, el 4 de octubre de 1957.

Correspondió a Kennedy, al llegar al poder, poner en marcha el esfuerzo estadounidense para acortar la distancia ganada por los soviéticos en la carrera espacial con este lanzamiento. Lo hizo al anunciar la decisión de llegar a la Luna antes de que terminara la década. Los disparos de Dallas no le permitieron ver el anuncio hecho realidad, pero este se cumplió el 20 de julio de 1969 con el alunizaje de la misión espacial Apolo 11 y el histórico paso del astronauta Neil Armstrong el día siguiente, cuando se convirtió en el primer ser humano en pisar la superficie del satélite terrestre.

Momento clave

La elección presidencial de 1960 ocurrió en momentos en que Estados Unidos y la Unión Soviética habían dejado atrás la alianza que les permitió derrotar al nazismo y se habían embarcado en la Guerra Fría. El triunfo de la Revolución Cubana en 1959 había despertado en Washington el temor de que el comunismo se extendiera por el hemisferio y el interior la Unión Americana se encontraba envuelto en las luchas por los derechos civiles y contra la segregación racial.

En esa coyuntura, el país necesitaba un fuerte liderazgo y en la pugna por obtenerlo se enfrentaron dos personalidades muy distintas. Kennedy era un senador novato y Nixon, un político experimentado. Después de varias temporadas en el Congreso había ocupado la vicepresidencia del país en los últimos ocho años.

Tras la derrota del nazismo, Estados Unidos se había convertido en la gran potencia de Occidente, desplazando a Europa y proclamándose como el campeón de la libertad y de la economía de mercado frente a la Unión Soviética. La sociedad estadounidense empezaba a experimentar una renovación social, política y tecnológica que se manifestaba en todos los campos, incluyendo el del arte. Sin embargo, el poder estaba en manos de una generación desgastada, personificada por Eisenhower.

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Al lado de Eisenhower había surgido Nixon como una figura de relevo dentro del Partido Republicano. Pero como lo apreciaron los millones de televidentes de aquel 26 de septiembre de 1960, su candidatura resultó débil frente a la figura joven y atractiva de Kennedy, que representaba el paso de la vieja generación a una nueva. El crimen de Dallas frustró su carrera tres años después, pero el debate con Nixon, así como su fugaz paso por la Casa Blanca adquirieron la categoría de momentos míticos en la historia del país más poderoso del mundo.

LEOPOLDO VILLAR BORDA
Para EL TIEMPO

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