‘Las redes sociales son un espacio de lucha libre’: Jon Lee Anderson


“Mil disculpas, estaba en el monte keniano y es casi imposible tener señal ahí”, dice el periodista estadounidense Jon Lee Anderson por correo electrónico en uno de los varios intentos por concretar esta conversación. Acaba de pasar una temporada en Kenia, un lugar al que describe como “un edén universal bajo acecho” y que será el tema de su próxima crónica para The New Yorker, la revista para la que escribe desde hace décadas.

Ya de regreso en su casa de Bridport (Inglaterra), Jon Lee Anderson se entrega generosamente a la conversación en un castellano perfecto –con giros y modismos mexicanos– que revela la larga y profunda relación que tiene con América Latina: ha vivido en algunos de los países del continente, ha realizado exhaustivas coberturas, ha publicado biografías sobre sus líderes políticos y, desde hace 20 años, es uno de los maestros de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, fundada por Gabriel García Márquez, con sede en Cartagena de Indias.

Solo en 2019, un año ‘moderado’ en comparación con otros, tomó más de 100 vuelos y viajó a 24 países. “Tengo que reconocer que la cuarentena hizo que me diera cuenta de que quizás estaba viajando demasiado”, confiesa el cronista y reportero de guerra habituado a una vida itinerante.

Autor de Che Guevara: Una vida revolucionaria (1997), La tumba del León: Partes de guerra desde Afganistán (2002) y La caída de Bagdad (2004), entre otros libros, Jon Lee Anderson hizo escuela en el arte de escribir perfiles: sus piezas sobre Fidel Castro, Gabriel García Márquez, Augusto Pinochet, el rey Juan Carlos I de España y Hugo Chávez conforman un corpus periodístico imprescindible. En 2013 ganó el Premio María Moors Cabot, que cada año entrega la Universidad de Columbia a periodistas de destacada trayectoria. “Una de las cosas que hay que recordar es que aunque uno trabaje para un medio privado, es un servidor público. Y eso conlleva un deber moral y una responsabilidad”, dice sobre el oficio de periodista.

¿Dónde estaba cuando comenzó el confinamiento?

En Inglaterra, en el pueblito inglés donde vivo, tras un viaje largo por varios países de A. Latina.

¿Imaginó que iba a tener la escala y la profundidad que tuvo esta pandemia global?

No, para nada. Algún epidemiólogo lo pronosticó, pero fue un tiro a la oscuridad para todos. Nadie pensó que llegaríamos a un momento en que varios miles de millones de personas en el planeta iban a estar en sus casas y sin vuelos en el aire.

Está acostumbrado a viajar mucho, ¿cómo fue quedarse quieto?

Hasta cierto punto, aprecié aspectos de la cuarentena y de la permanencia en un solo sitio, mi casa. Aunque vivo en Inglaterra, famosa por su mal tiempo, tuvimos un verano inusitadamente caluroso y soleado; así que lo pasé bien. Era una cuarentena atenuada que permitía una salida al día. Bridport está a un paso del mar, por lo tanto, aproveché para escribir por la mañana y luego salir a caminar por las trochas, las lomas y los acantilados de este lugar agreste en donde vivo. Esa rutina, que para mí era novedosa y, hasta cierto punto, fructífera, no estuvo nada mal; pero después de un tiempo se volvió tediosa. En junio empecé a inquietarme y en agosto yo sabía que tenía que salir a reportear de nuevo como fuera.

Está acostumbrado a escribir perfiles, ¿qué retrato haría de Donald Trump?

Trump es un tipo sin ninguna empatía humana, un egocéntrico y una mala persona. En ningún momento manifiesta bondad y jamás ha demostrado algo que nos revele que es buena persona o que tiene buenas intenciones. Todo lo contrario.

¿Qué diagnóstico hace de la democracia de EE. UU.? ¿Por qué cree que alguien como Trump llega a la presidencia?

Creo que es un momento de sumo riesgo para la democracia estadounidense: es una nave haciendo agua, una nave semisumergida. Que un patán como Donald Trump haya llegado a la presidencia de Estados Unidos es un muy mal reflejo tanto de la sociedad estadounidense como del país mismo en cuanto a su institucionalidad. Desde el momento en que Trump gana por vía del colegio electoral, y no del voto popular, hasta sus múltiples, cotidianos y constantes esfuerzos para minar las instituciones atenuantes a su poder en el Ejecutivo quedan en evidencia las muchas flaquezas que tiene el país en mantener, defender y preservar su democracia.

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Algunos de los tantos ejemplos son los despidos de gente de renombre en posiciones de gabinete y su reemplazo con ‘don nadies’ y obsecuentes en todos los ministerios: él se rodea de mensajeros y perros fieles. Trump tiene un enorme desdén por todo lo que atenúe su poder. ¿Qué quiere decir esto? Que está creando una monarquía donde su palabra, la de Trump, reine sobre todo. Trump está intentando cambiar los instrumentos a partir del cual se gobierna para entregar el país a la gente más ideológicamente derechista que se pueda imaginar.

A pocos días de las elecciones, ¿cómo las ve?

Quien diga que Joe Biden va a ganar está jugando póker porque a la luz de lo que sabemos, es difícil confiar en los sondeos y eso nos pone en una situación incredulidad ante todo. En este momento me resulta muy difícil separar mis deseos de mis adivinanzas o intuiciones pero voy a intentarlo.

Lo escucho…

Todo indica que Biden tiene una oportunidad para ganar por vía electoral y parte de la evidencia de eso es la constante repetición de Trump de que podría no respetar el resultado de la elección. Si él tuviera la victoria asegurada, ¿hablaría así? Y aunque respete su derrota, Trump tiene dos meses y medio en el poder para complicar las cosas aún más, hasta el último momento. Por lo tanto, aunque gane Biden, es un momento preocupante y nadie sabe qué podría pasar después. Sabemos que a Trump básicamente lo impulsa la maldad, no la bondad. Entonces puede causarnos un enorme daño antes de irse.

Usted entrevistó varias veces a Hugo Chávez y ha escrito sobre él. ¿Qué retrato haría de Nicolás Maduro?

Maduro es un tipo menos capaz que Chávez, pero igual de habilidoso. Si no fuera muy habilidoso, no estaría todavía en el poder. Se cree revolucionario y lo que lo sustenta en el poder no es un régimen revolucionario sino un régimen militar. Se podría decir cívico-militar, pero en realidad es un régimen militar con unos cuantos civiles, incluyéndolo a él. ¿Su mayor virtud? Aguantar a las embestidas del régimen de Trump.

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Y su mayor pecado es haber esfumado lo que quedaba de la democracia en Venezuela. Si quedaba un pellizco de democracia, lo ha esfumado; y ha creado una oposición que es tan furibunda en su ultraderechismo, su odio y su sectarismo que la famosa oposición cubana en Miami a Castro palidece al ser comparada a las furias y odios de la venezolana. Me resulta muy difícil encontrar gente admirable dentro del espectro político venezolano. El año pasado conocí al joven (Juan) Guaidó y me cayó bien como persona. Es un tipo simpático, muy venezolano en ese sentido, pero ya metido en el bolsillo de Trump y Pompeo. Alaban a Trump y reclaman una invasión estadounidense.

Me gustaría pedirle algunas reflexiones sobre el actual momento del periodismo. Siempre han circulado rumores, operaciones y noticias falsas, pero en épocas de redes sociales esto se amplifica. ¿Cómo identificar el buen periodismo en esta maleza?

Aunque se pone cada vez más difícil, hay ciertos matices. Las redes sociales que nos absorben a todos mucho de nuestro tiempo son una Torre de Babel y un espacio de lucha libre: por ahí es donde pasan la mayoría de las noticias falsas; pero lo que yo noto son más noticias moldeadas que falsas.

¿A qué se refiere?

Por ejemplo, pienso en un sitio web que yo sé que proviene de un sector del Medio Oriente que publica en inglés y responde a los intereses de los turcos, aunque no lo manifiesten. Opinan sobre muchas cuestiones del mundo islámico, de Europa, de Rusia, de Trump y de Estados Unidos, desde una óptica muy específica; y en realidad lo que hay detrás es todo un equipo muy ideologizado que emiten noticias, análisis y calibran todo para cambiar la opinión de una audiencia occidental. Son muy hábiles. Yo entiendo de dónde viene, y supongo que Erdogan está detrás de él. Otro sería RT, Russia Today: son muy hábiles porque muchos no saben qué quiere decir RT y desconocen que, en realidad, Russia Today es el canal de Putin. Sigue un poco la pauta de Al Jazeera: “Somos contestatarios, independientes, no somos de los países que eran colonialistas, nosotros somos la verdad”, cuando en realidad –no digo que todos, pero muchos– esconden un lado cercano a ciertos dictadores de Oriente Medio. Emplearon gente reconocida y muy bien paga de Estados Unidos o del Reino Unido para ser “la cara moderna”. Y ante un comportamiento nefasto y bélico de Bush en Estados Unidos, parecían los héroes de la película. Eso sirvió de modelo a muchos más, por ejemplo, a Telesur de Venezuela y Press TV, que es de la Guardia Revolucionaria de Irán.

¿Cree que este es un momento para seguir firmas particulares más que medios en general?

En parte sí, pero hay que saber. Por ejemplo, dentro de Fox, que para mí es un modelo execrable, hay dos o tres periodistas que parecen ser salvables, como Chris Wallace, que fue moderador en el primer debate presidencial. No tiene la presencia física de su papá, Mike Wallace, de 60 minutos, pero resulta que a pesar de trabajar para esta empresa, es el tipo más contestatario dentro de la organización y no lo han botado. Es capaz de hacer preguntas duras a los trumpistas y a la vez, dentro de Fox, hay hipertrumpistas realmente deleznables.

¿Cuáles son las concesiones que usted está dispuesto a hacer en las redes sociales y cuáles no?

Yo me di cuenta de que sigo haciendo mis crónicas largas con un esfuerzo imparcial, como he hecho durante años para The New Yorker. Pero las redes sociales nos han ido captando mucho de la audiencia y hemos todos sentido la necesidad de entrar, para bien o para mal. En muchos casos, para mal. Ese ruedo ha significado que yo he tenido que revelar más de lo que hubiese querido, quizás, de mis puntos de vista al respecto de todo un abanico, y de aspectos del quehacer social. Lo he hecho a los tropezones. Creo haber mantenido mi separación entre mis crónicas y mi vida o mi nombre en Twitter. Hoy en día tengo que responder a un montón de gente que me escribe, que me exige una opinión al respecto de esto y lo otro. ¿Cuál es el límite? El insulto. Si me insultan, los bloqueo. Los modales son los modales, y no acepto que me falten al respeto porque si fuera en la vida real, le daría un piñazo en la cara al que me insulta así. Que se escondan detrás de un ícono de un huevo en las redes no cambia mi forma de ser. Si eres cobarde, te voy a tratar como cobarde.

Suele estar en contacto con nuevas generaciones de periodistas. ¿Cuál debería ser la caja de herramientas de alguien que intenta hacer buen periodismo?

Diría que siempre hay que intentar ser justo en las apreciaciones y los juicios, y eso implica escuchar al otro lado, el lado que puede no ser tuyo como periodista. Otra cosa que hay que recordar es que aunque uno trabaje para un medio privado, es un servidor público. Y eso conlleva un deber. Si eres columnista del básquetbol, quizás no tengas un rol social tan grande como alguien que cubre la política, pero también tienes un deber ético y moral para plasmar la realidad.

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Puede resultar difícil, puede ir en contra de tu empleador de turno e inclusive puede implicar que pierdas el trabajo, pero son los gajes del oficio. Otro de mis lemas es intentar dejar el bagaje atrás: hay que intentar no mirar a los otros con prejuicios. Es decir, si naciste en un castillo y fuiste a Oxford, pues intenta saber cómo es el que trabaja en un desagüe o una fábrica. Siempre digo esto y algunos me miran con espanto, pero hay que ponerse en el lugar del otro para empezar a sentir y saber mucho más sobre la propia sociedad.

-ASTRID PIKIELNY
Gda
La Nación (Argentina)

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