El pulso que el opositor Navalni intenta tener con Putin en Rusia


Un avión que se dirigía de Tomsk a Moscú tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia el 21 de agosto del año pasado porque uno de los pasajeros resultó gravemente enfermo.

Se trataba del líder opositor ruso Alexei Navalni, víctima de un supuesto envenenamiento con una sustancia usada en la producción de armas químicas y que fue luego atribuido al Kremlin.

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El hecho abrió otro capítulo en la relación entre Navalni y el presidente de Rusia, Vladimir Putin.

Y desde entonces el pulso parece intensificarse cada vez más. Desde entonces, una serie de ataques mutuos han mostrado la relevancia que ha cobrado el líder opositor y lo incómodo que resulta para el Gobierno ruso.

Navalni fue detenido hace dos semanas cuando llegó a Rusia procedente de Alemania —donde fue tratado por la intoxicación—. Días más tarde, se publicó una investigación del líder opositor en la que se acusa a Putin de tener un lujoso “palacio” a orillas del mar Negro, con viñedo, estadio de hockey y casino. El video de la denuncia ha sido visto por más de 100 millones de personas.

Navalni “es el gran acusador del régimen ruso como un Estado corrupto y autoritario”, le dijo a EL TIEMPO Jairo Agudelo, profesor del Departamento de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad del Norte.

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El presidente ruso busca defenderse intentando proyectar una imagen de fuerza y control, pero su popularidad se encuentra en los niveles más bajos desde principios de 2020 tras el arresto de Navalni y las multitudinarias protestas opositoras que exigen su liberación.

Según un sondeo publicado el viernes de la compañía demoscópica Opinión Pública, vinculada al Kremlin, la confianza de los rusos en el jefe de Estado descendió al 53 por ciento, su punto más bajo en un año.

Por un lado, “la popularidad de Putin no es la que era hace 10 años, pero sigue siendo importante”, y por otro “Navalni ha venido ganando ecos, sobre todo en la gente joven”, según expresó Mauricio Jaramillo, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario, en diálogo con EL TIEMPO.

Expertos coinciden en que si bien el activista no significa una amenaza para Putin en términos electorales, sí representa un problema dado el carácter desestabilizador que sus acusaciones traen al régimen.

De hecho, la popularidad de Putin no ha dejado de caer desde la publicación en diciembre de los videos en los que el medio digital Bellingcat y Navalni acusaban al Servicio Federal de Seguridad (FSB, antiguo KGB) de estar detrás del envenenamiento con el agente químico Novichok.

Alexei Navalni

Alexei Navalni, el líder opositor en Rusia.

Foto:

Mladen Antonov. AFP

Por ahora, el Gobierno ruso ha sido señalado de usar la represión para contener el apoyo que ha recibido el opositor ruso. Solo el fin de semana pasado, las autoridades detuvieron a casi 4.000 personas en unas protestas históricas antigubernamentales.

Y después arremetieron contra los colaboradores y allegados de Navalni, deteniendo a varios de ellos antes de una nueva jornada de manifestaciones programadas para hoy en más de 200 ciudades rusas.

Los acusaron de violar las normas sanitarias durante las multitudinarias protestas del pasado 23 de enero

Hoy, la oposición quiere comenzar en Moscú la marcha opositora desde la plaza de Lubianka, donde se encuentra la sede del Servicio Federal de Seguridad (FSB, antiguo KGB), al que Navalni acusa de envenenarlo.

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Hay quienes reiteran que las manifestaciones no son solo por Navalni. “El principal organizador de estas acciones es el propio poder, su comportamiento”, le dijo a la AFP el politólogo Alexander Kynev.

Sin embargo, algunos analistas consideran que las manifestaciones tienen un impacto para el Kremlin.

“Mostrar una protesta interna no es bueno para Putin a nivel internacional, para la imagen de su liderazgo (…) La política de Putin y del poder en Rusia es de ignorar a Navalni o de presentarlo como alguien no significativo a nivel político”, afirmó a este diario Aymeric Durez, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.

Pero el mandatario ruso no contaba con lidiar con unas movilizaciones descentralizadas que llegaron a más de 119 ciudades, como Perm y Yakutsk.
A Putin le inquieta la gran capacidad que tiene Navalni para congregar personas a través de las redes sociales, tanto así que amenazó con sancionar a esas empresas por incitar a los menores de edad a participar en las protestas.

Protestas en Rusia a favor de Navalni

Opositores que apoyan a Alexei Navalni se enfrentaron este sábado contra las autoridades rusas que reprimieron las protestas.

Foto:

MAXIM SHIPENKOV /EFE

Sin embargo, Jaramillo vaticina que el nuevo encuentro no tendrá un impacto en el sistema político. “Son protestas importantes, significativas, pero que no cuestionan al régimen (…) El poder de Putin no está en peligro”, afirmó Durez.

Pese a esto, el académico afirma que sí se podría cuestionar la estrategia del presidente de endurecer el régimen, lo que podría allanar un camino para tener debates internos y flexibilidad con la oposición para que esta no se vuelva cada vez más firme, una idea que molestaría a Putin.

Por ahora, la comunidad internacional ha rechazado la detención de Navalni por “motivos políticos”. El G7, de hecho, pidió tanto su liberación como la de los manifestantes detenidos el fin de semana pasado.

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Por su parte, el presidente de EE. UU., Joe Biden, le manifestó a Putin en su primera conversación telefónica esta semana que estaba preocupado por la situación de Navalni.

Y la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, confirmó que el demócrata también pidió su liberación.

Alexi Navalni

Alexei Navalni y Yulia Navalnaya en el avión en el que viajaron a Moscú.

Foto:

Alexei Navalni. Efe

Según Agudelo, aunque es probable que el mandatario estadounidense no aplique sanciones contra Rusia, sí “buscará condicionarla fuertemente”.

No obstante, las peticiones parecen ser en vano: La justicia ya rechazó un recurso contra la detención de Navalni y el Kremlin ya dijo que haría caso omiso a las solicitudes como la de Biden por tratarse de un asunto totalmente interno y acusó a EE. UU. de “injerencia”. “Es un tema muy sensible para los rusos en el que no van a permitir que un presidente, y menos un presidente de EE. UU., les diga qué hacer”, argumentó Jaramillo.

Es claro que Putin quiere tomar las decisiones respecto a Navalni sin influencias. Pero, según los analistas, si continúa aplicando medidas duras contra el opositor lo más probable es que aumente su visibilidad y haga que su rostro y su voz rueden aún más por Rusia y el mundo.

Ahora la atención se posa sobre lo que pasará con el activista, que enfrenta ya múltiples investigaciones ante la justicia. Por la acusación que recae sobre Navalni de violar un control judicial ruso cuando fue trasladado por razones de salud a Alemania, lo más probable es que sea condenado.

De acuerdo con Jaramillo, es importante recordar que, pese al carácter de ese señalamiento, al final “lo que pesa sobre Navalni tiene un contenido sobre todo político”.

Pero con otra investigación en curso por estafa, Navalni no solo se está jugando su libertad sino también parte de su apoyo, ya que se le acusa de gastar casi 5 millones de dólares de donaciones para su uso personal.

Así, aparte de enfrentarse a diez años de cárcel, la confianza que le tienen sus seguidores también podría verse trastocada.

En este pulso, Navalni representa un problema para el mandatario ruso y está claro
que va por todo. No tuvo miedo de volver a su país pese a las advertencias de ir a prisión, y ahora con él y parte de sus aliados detenidos parece no tener mucho que perder.

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Para el presidente, mantener encarcelado al opositor “puede ser malo para reforzar su figura de martirio y liberarlo sería una muestra de debilidad del poder (…) No hay buena solución, existe un dilema”, según Durez.

De momento, lo que ha hecho Putin es, con duros golpes, enfurecer y fortalecer a la oposición. Pero ahora tiene en sus manos un arma de doble filo que debe manejar y, aunque se espera que sepa cómo hacerlo, se prevé que no será una tarea fácil.

PAULA VALERIA GALLO
Redacción Internacional
* Con información de AFP

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