Y Roma llegó a ser capital de Italia


¿Cómo puede explicarse que Roma, esa pequeña aldea fundada cerca del río Tíber, que pasó en el siglo II de la era cristiana a ser el centro de un imperio que cobijó desde Britania hasta el moderno Irak, solo pueda conmemorar en este 2021 ciento cincuenta años de haberse convertido en capital de Italia?

Ha de recordarse que la ciudad necesitó quinientos años para establecer dominio territorial en el centro y sur de la península, y solo pudo hacerse al dominio de Sicilia y Cerdeña después de vencer a los cartagineses en la Primera Guerra Púnica (241 a. C.). Se necesitaron otros doscientos cincuenta años para que, en pleno apogeo imperial, Augusto la dividiera en once regiones, que no incluían aún los Alpes ni sus islas.

Mil años después de su fundación, cuando Diocleciano quiso fortalecer su diseño político basado en el poder de cuatro emperadores, el imperio fue dividido en cuatro zonas: la primera, que comprendía la península de Anatolia, Oriente Próximo y Egipto, tuvo su propia capital, Nicomedia (actual Izmit, en la Turquía asiática); la segunda, que cobijaba regiones del Danubio y el Peloponeso, tuvo otra, Sirmio (actual Sremska, en Serbia); la tercera, que abarcaba los territorios galos, belgas, británicos y germánicos, era gobernada desde Tréveris (actualmente en la región de Renania Palatinado, en Alemania), y finalmente, la que cobijó Hispania, África e Italia –que ahora sí acobijaba tanto los Alpes como las islas– tuvo a Milán como su capital.

(Lea también: Los dictadores romanos y los de América Latina)

La escogencia no fue arbitraria, Milán era un sitio estratégico, no solo para la defensa frente a las invasiones germánicas, sino punto de contacto entre el territorio galo, al occidente, y los Balcanes, al oriente; conservaría esa calidad cuando bajo Constantino fue constituida la llamada ‘prefectura de Italia’. Cuando sus descendientes establecieron la ‘prefectura de Italia, Ilírico y África’, la capital fue Sirmio.

Dividido el imperio, Honorio, el emperador de Occidente, decidió emplazar su capital en Ravena (402), ciudad marítima a orillas del Adriático. Esto le permitía no solo aprovechar la capacidad naval para la defensa –sin duda, mayor que la de las tribus germánicas–, sino comunicarse más fácilmente con el gran centro político, económico y militar de Oriente: Constantinopla.

Por ello, en Ravena se dio la revuelta que llevó a la captura y abdicación de Rómulo Augusto, el último emperador (476) y desde allí Odoacro dirigió el ‘reino de los hérulos’; así mismo, cuando Teodorico le derrocó, fue por sesenta años capital del reino ostrogodo (493).

Posteriormente, por más de ciento cincuenta años, sede del llamado Exarcado de Ravena, que se estructuró una vez tuvo éxito la reconquista bizantina.

(Le recomendamos: Cristianismo vs. paganismo en la Roma de los emperadores)

Mientras que los bizantinos apenas lograban sostener el poder en una estrecha franja central, el ‘reino lombardo’ (569), que ocupó el norte de la península y alcanzó a crear al sur los ducados de Espoleto y Benevento, estableció, en cambio, a Pavía como su capital.

Fue en ese momento cuando el obispo romano acudió a los francos para la defensa de su territorio, quienes le concedieron el gobierno del centro de la península. A partir de entonces, Roma se convirtió en capital, pero del Estado Pontificio (756).

Por otra parte, la guerra por la sucesión del Imperio cristiano, que culminó con el Tratado de Verdún (843), hizo a Lotario dueño del llamado ‘reino itálico’. Este cobijaba la parte norte de la península, cuya capital siguió siendo Pavía, mientras que al sur, el Ducado de Nápoles se declaraba autónomo frente al Imperio de Oriente. En el entretanto, luego de invadir Sicilia, los sarracenos crearon el llamado Emirato de Bari (847).

Cuando Lotario decidió repartir su reino (a. 855), correspondió a Luis II el Joven la parte norte de la península, aunque el papa Nicolás I afirmaba su derecho a imponer el orden en cualquier parte y consideraba la desobediencia como acto de idolatría, y cuando el rey germano Otón I fue coronado por el papa Juan XXII como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (962) entregó a este, en contraprestación, el Privilegium Ottonis que le confirmaba su dominio sobre el centro de la península.

¿Cómo puede explicarse que Roma solo pueda conmemorar en este 2021 ciento cincuenta años de haberse convertido en capital de Italia?

Aunque a inicios del segundo milenio Italia asistía al deterioro del feudalismo y al crecimiento económico fruto de la labor de comerciantes y artesanos, continuaba profundamente fracturada: el norte se repartía entre la llamada Marca de Verona, Lombardía, el Condado de Toscana y la Pentápolis bizantina; el noreste pertenecía a la República de Venecia; el sur se encontraba ocupado por los principados de Capua, Benevento y Salerno, así como por el Catapanato bizantino, que controlaba Apulia y Calabria; Cerdeña estaba sometida al Sacro Imperio Romano Germánico, y Sicilia se encontraba bajo el control de un Emirato. En el centro, se mantenía sólido el Estado Pontificio.

A pesar de la consolidación del poder temporal de la Iglesia, Rogelio II se proclamó rey de Sicilia e Italia, convirtiéndose en soberano meridional, mientras que luego de muchas escaramuzas militares el papa debió reconocer al normando Guillermo I el Malo, como rey de Sicilia, Nápoles y Capua (1156).

En la siguiente centuria, mientras en el sur triunfaban las pretensiones dinásticas germánicas, que llevaron al trono de Nápoles y Sicilia a Federico II, al norte, las comunas se modificaban gradualmente en señorías y luego en principados, y al noreste, aprovechando la decadencia de Bizancio, la República Veneciana enfrentaba a Génova. En el centro se mantenía sólidamente anclado el Estado Pontificio.

(Le puede interesar: Roma: ‘Pan y circo’… y templos)

Y a la muerte de Federico II (1250), el papa prefirió aliarse con los franceses, que entraron en conflicto con el reino de Aragón. El tratado que puso fin a la guerra dio origen a la separación entre la Italia meridional angevina y la Sicilia aragonesa, denominada ahora Reino de Trinacria, nombre antiguo con el que se designaba a la isla, precisamente por su forma triangular.

Finalizada la llamada Cautividad de Babilonia (1378), época en que los papas estuvieron a merced de los monarcas franceses, cualquier tentativa de unificación fue impedida tanto por la riqueza de las repúblicas de Venecia, Florencia y Siena, así como de los ducados de Milán y Saboya, como por los aragoneses, que habían ampliado sus dominios al reino de Nápoles. A ello contribuyó el férreo poder temporal del papa sobre el centro de la península y el Adriático. Luego, los españoles conquistaron el Reino de Nápoles y Sicilia (1442).

El siglo siguiente se caracterizó por la dura presencia militar pontificia: el papa Julio II formó una alianza con el emperador del Sacro Imperio y los reyes de Francia y Aragón, que venció a los venecianos. No obstante, la sucesiva incómoda presencia de los franceses en Milán y Génova le llevó a conformar la conocida ‘Liga Santa’ contra ellos, que les hizo retirar de Milán, Parma y otras ciudades. Posteriormente, mientras los españoles tomaban el Ducado de Milán, los Estados Pontificios anexaban el Ducado de Ferrara (1598).

La ciudad que llegó a ser cabeza del mundo nunca había sido capital de Italia, porque esta, como la conocemos, nunca había existido

Aunque la paz de Westfalia (1648) dejó sentadas las bases de la integridad territorial de los Estados, con lo que el papado perdió cualquier papel significativo en el diseño de la política europea, no obstante, antes de las invasiones napoleónicas, los Estados Pontificios compartían la península con el reino de Cerdeña, que abarcaba la isla y el Piamonte, la República de Génova, el Ducado de Milán, bajo poder austriaco, la diezmada República de Venecia, el Ducado de Parma, la República de Lucca, el Ducado de Módena, el Gran Ducado de Toscana y el Reino de Sicilia.

Y cuando Napoleón ocupó los territorios austriacos del norte y parte del Estado Pontificio, se creó la República Cispadana con sede en Bolonia, pronto reemplazada por la Cisalpina, con capital en Milán, que también lo fue, de la República Italiana y del Reino de Italia (1805).

El Congreso de Viena (1815), que marcó el fin del periodo napoleónico, señaló una nueva división: el reino de Cerdeña, que retomó Piamonte e incorporó Génova, tuvo su capital en Turín; al noreste se reconoció al reino Lombardo-Véneto, que se encontraba sometido por Austria, con capital en Milán.

Al centro estaban los ducados de Toscana, Parma y Módena, guiados por archiduques austriacos. Al centro de aferraba el Estado Pontificio, mientras que al año siguiente se creó el reino de las dos Sicilias, bajo el poder de los Borbones.

(Puede leer: Armenios versus azerbaiyanos: un conflicto con pasado)

El siglo XIX, en el que se hicieron diversos llamados a la unidad de Italia, pero cada uno perseguía sus propios intereses, se produjeron en la primera mitad del siglo XIX: una revuelta en Sicilia cruelmente reprimida; la insurrección en Piamonte que, si bien llevó a la abdicación de Víctor Manuel I, pronto fue aplastada por los austriacos, y un levantamiento en Campania, que concluyó con decenas de condenados a muerte.

Además, se produjo la constitución de las Provincias Unidas Italianas, en parte de los territorios pontificios y los ducados de Parma y Módena, rápidamente eliminada por los austriacos; una rebelión en Romaña, reprimida por fuerzas pontificales y austriacas; el fracaso de la insurrección de Saboya, que llevó a Garibaldi a huir hacia América Latina, y hasta una revuelta en Rímini, también sofocada por los aliados pontificios.

Finalmente, en este caótico entorno, se dieron la revolución siciliana, que incitó a todos los Estados de la península a hacer uno solo; la proclamación de las repúblicas ‘de San Marcos’ y ‘de Toscana’, extinguidas inmediatamente por los austriacos, y hasta de la República Romana, reprimida violentamente por las tropas francesas.

La unidad nacional solo comenzó, de una parte, gracias a la derrota de los austriacos por cuenta de una alianza sardo-francesa que llevó a que el reino de Cerdeña tuviese control sobre Lombardía, Toscana, Parma, Módena y hasta de la Romaña pontificia, y de otra, a consecuencia de la expedición ‘de los Mil’, que al mando de Garibaldi conquistó Sicilia y Nápoles.

Proclamado el Reino de Italia (1861), que tuvo su capital en Turín y luego en Florencia (1865), un tiempo después se le unió Venecia (1866), mientras que solo pudo ocuparse Roma cuando Napoleón III retiró su apoyo al pontífice. Luego de ese confuso y secular periplo, la ciudad eterna fue definitivamente la capital (febrero de 1871).

(Además: Un manuscrito de Napoleón sale a la venta por 824.000 dólares)

La respuesta al interrogante planteado resulta entonces simple: la ciudad que llegó a ser cabeza del mundo nunca había sido capital de Italia, porque esta, como la conocemos, nunca había existido.

En fin, como al conocer la historia se puede entender el hoy, ha de indicarse que este no es un caso excepcional.

Mientras ciudades y pueblos, en cuanto conglomerados de personas, se mantienen en el tiempo, los pomposamente llamados Estados-nación son entes artificiales y de creación reciente.

Monstruos que en la búsqueda afanosa de sus arbitrarias fronteras generan ideologías nacionalistas, causa principal de las guerras modernas.

FABIO ESPITIA
Para EL TIEMPO 

* Exfiscal general de la Nación

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *