Lo que pasa en Birmania, país que sumó otro golpe en su historia


El ejército de Birmania acabó a principios de esta semana con el frágil intento de transición democrática que había emprendido el país en 2011 para tratar de dejar atrás más de 50 años de gobiernos liderados por militares.

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El golpe de Estado del lunes pasado depuso al gobierno civil, del que la nobel de paz Aung San Suu Kyi –jefa de la Liga Nacional para la Democracia (LND)– era la líder de hecho, y reavivó los temores de acabar con los pocos avances democráticos conseguidos durante la última década. Este país ya vivió otro golpe en 1962 y una dura represión en 1988.

“Los militares anunciaron elecciones para dentro de un año. Mientras tanto, despolitizarán el país, acabarán con la estructura del LND, encarcelarán a activistas”, le explicó a EL TIEMPO Michael Charney, profesor de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (Soas, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Londres.
El Ejército, cuyo líder es Min Aung Hlaing –también cerebro del golpe–, detuvo a Aung San Suu Kyi, a quien acusa de fraude electoral (pese a que no hay evidencias) tras conseguir una abrumadora victoria en las parlamentarias de finales del año pasado.

Lo que dejó en clara evidencia, como coinciden los expertos, que el ejército birmano, a pesar de a la transición de 2011, acapara el poder y se rehúsa a perder influencia. De hecho, las fuerzas armadas controlan los tres principales ministerios del país (el de Defensa, el de Frontera y el del Interior) por mandato que les da la Constitución, que redactaron ellos mismos en 2008.

Aung San Suu Kyi

Foto de archivo de Aung San Suu Kyi, durante una comparecencia en La Haya sobre los rohinyás.

Foto:

Koen Van Weel. AFP

Pero este no es un asunto exclusivamente de control político. Según la agencia Efe, el ejército también controla minas de rubí y jade, bancos y cadenas de hoteles. Emporios que, por otro lado, hoy se encuentran en amenaza ante las advertencias de sanciones internacionales tras el golpe militar.

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El control de los lucrativos recursos de Birmania es lo que más les interesa a los militares. Temen que, si un gobierno civil estuviera en el poder, el país podría desintegrarse”, le explicó a este diario Michael Buehler, profesor asociado de Política Comparada en Soas.

La premio nobel de paz, de 75 años, quien es muy querida por la ciudadanía pero al mismo tiempo muy criticada a nivel internacional por su pasividad ante la crisis de los rohinyás, ahora se enfrenta a una posible condena de tres años. Las autoridades fabricaron un dudoso proceso judicial contra ella por haber importado al país ilegalmente unos walkie-talkies (aparatos de comunicación).

Y, aunque permanece aislada por el Ejército, antes de su detención la nobel hizo un llamado a no aceptar la toma del poder militar. Tras el golpe, la ciudadanía ha salido a las calles esta semana en actitud de desobediencia civil, y los militares ordenaron bloquear el internet y las redes para evitar que las protestas tomen fuerza. Por ahora, el Consejo de Seguridad de la ONU ha pedido la liberación de la nobel, mientras la comunidad internacional pide que caigan más sanciones para los militares. Sin embargo, expertos coinciden que la salida a la crisis puede ser compleja.

Hay que partir del punto de que si se logra establecer la democracia en Myanmar (Birmania), no será una democracia sólida y completa, pues la cúpula militar no soltará los mecanismos que ha creado para mantenerse altamente influyente en el poder tan fácilmente”, le dijo a EL TIEMPO Lina Luna, internacionalista y docente investigadora de la Universidad Externado de Colombia.

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Protestas en Birmania tras el golpe de Estado

Profesores y estudiantes de Birmania salieron a protestar en contra del golpe de Estado este viernes llevando como bandera el símbolo de resistencia.

Foto:

NYEIN CHAN NAING /EFE

Luna también menciona que como Birmania y China tienen buenas relaciones diplomáticas y comerciales, “para la comunidad internacional es evidente que China tendría más capacidad que EE. UU. de presionar a los militares a hacer la transición democrática”. Y por eso Pekín es visto como un país estratégico en esta disputa.

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En ese mismo sentido opina Charney, quien considera a China el gran ganador aquí. “(China) Apoyará a cualquier gobierno que tenga el control real y pueda garantizar la estabilidad de una forma u otra. Sus programas de asistencia para el desarrollo ahora intervendrán para llenar cualquier vacío dejado por Occidente”, acotó.

CARLOS JOSÉ REYES
REDACCIÓN INTERNACIONAL
EL TIEMPO

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