Cómo evitar los riesgos de una fractura nacional


En los últimos años estamos observando un fenómeno político muy perturbador: la ruptura nacional que están viviendo muchos países.

Sin duda, el campanazo de alerta surgió tras la toma del Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero en Washington. Sin embargo, si observamos lo que viene ocurriendo en naciones como Francia o España, en Europa, o en Brasil, Bolivia, Nicaragua, Venezuela o Chile, en América Latina –para dar solo unos pocos ejemplos–, el fenómeno es inquietante.

Un caso bien estudiado ha sido el de los Estados Unidos. Según estudios recientes, los graves sucesos ocurridos en Washington se originaron debido a una superposición de concepciones del mundo y de valores sociales y su expresión en el terreno político. En el pasado, estos no se confundían mecánicamente con las adhesiones partidistas. Había republicanos partidarios de la inmigración y enemigos de esta; había demócratas partidarios de una fuerte economía de mercado y defensores de un Estado intervencionista. Hoy en día, lo preocupante no es tanto que los seguidores del Partido Republicano se muestren cada vez más inclinados hacia las posturas conservadoras y los del Partido Demócrata defiendan postulados más progresistas. En general, siempre ha sido así. Lo grave es que en uno y otro partido, sus seguidores tienden cada día más a compartir una visión homogénea, con escasos matices. Es decir, que se están convirtiendo en dos universos cerrados que generan una fractura sociopolítica profunda.

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Este fenómeno es analizado mediante el llamado “termómetro afectivo” (American National Election Studies), que busca medir el grado de consenso o distanciamiento frente a los temas de mayor interés existentes en la población estadounidense.

Los resultados son alarmantes. Pareciera que hoy los Estados Unidos fueran más bien los Estados (des)Unidos, debido a este ascendente dualismo cultural y político. César Sabogal dice, haciendo referencia a Joe Biden, que “el desafío del presidente número 46 de Estados Unidos será gobernar a dos países muy diferentes entre sí”.

Es más: hoy en día se están conformando zonas residenciales urbanas o conglomerados rurales homogéneos: por ejemplo, zonas pobladas por blancos con tendencia xenofóbicas acentuadas. Barrios en los cuales son rechazados afrodescendientes y latinos.

Y es cada vez más evidente la conducta ultraconservadora de quienes viven en las zonas rurales, frente a las posturas más liberales de la mayoría de quienes residen en las grandes ciudades.

Es decir que, además de la creciente segmentación urbana, se viene ahondando una ruptura campo-ciudad. El alabado melting pot (crisol de culturas) en Estados Unidos se está resquebrajando con la emergencia de las milicias supremacistas blancas.

¿Bloques irreconciliables?

Este fenómeno de la homogeneización social y política en bloques irreconciliables se está desarrollando, igualmente, en Europa. Temas como la integración europea, la migración o el multiculturalismo están nutriendo el nacimiento de dos campos enfrentados.

El retiro de Gran Bretaña de la Unión Europea fue el primer campanazo de alerta. La emergencia de gobiernos ultranacionalistas y autoritarios como la Hungría de Víktor Orbán o la Polonia de Mateusz Morawiecki, en abierta contraposición a los valores que defiende la Unión Europea, son otros dos ejemplos perturbadores. Lo mismo que el hecho de que Marine Le Pen, líder del partido Agrupación Nacional (antiguo Frente Nacional), ocupe el primer lugar en las encuestas presidenciales en Francia. Europa esta reviviendo las trampas del nacionalismo que tanto dolor le han causado al mundo.

América Latina no es la excepción, según los estudios contenidos en la obra Divisionismo político y riesgos democráticos en América Latina (2021).

En este libro, Carla Alberti sostiene que la profunda brecha que ha caracterizado a la política boliviana durante décadas, es decir, la división socioeconómica y sociocultural entre indígenas y mestizos (hoy agrupados en el Movimiento al Socialismo, MAS), y las élites urbanas blancas y sus partidos, se está ahondando día a día. Lo mismo está ocurriendo en Chile, según Juan Pablo Luna, donde a pesar del crecimiento económico se ha instalado un sentimiento de insatisfacción frente al modelo de desarrollo imperante, el cual, para muchos chilenos, ha acentuado la exclusión y la marginalidad social.

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La barrera entre quienes se sienten integrados al sistema y los que se sienten excluidos se agudiza día a día. Y Colombia no es la excepción, según Angelika Rettberg, desde el plebiscito en torno a la paz el 2 de octubre de 2016. En general, quienes estudian hoy en día este tipo de sociedades consideran que estas comparten cinco rasgo

Primero, tal como hemos ya mencionado, la superposición de la división social y la división política en dos bloques cerrados e incomunicados. Segundo, debido a esa polarización extrema y, por tanto, a la incapacidad de diálogo entre los dos bloques, la construcción de una agenda nacional se hace imposible.

Tercero, este bloqueo se expresa en las instancias parlamentarias a través de lo que podríamos denominar un “obstruccionismo de doble vía”: la oposición bloquea de manera sistemática las iniciativas del Gobierno y, a su turno, el Gobierno y sus partidos bloquean toda iniciativa de la oposición. Cuarto, se gesta una negativa politización de la justicia y, una aún más negativa, judicialización de la política. Tanto el Gobierno como la oposición intentan poner a su servicio las instituciones judiciales para debilitar a sus adversarios. Y, por último, una utilización altamente politizada de todos los temas de interés público.

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Recientemente, la derecha en Colombia celebró con alborozo el documento de la JEP sobre el uso del secuestro por parte de las Farc. Y, a los pocos días, la izquierda se sacaba el clavo aplaudiendo el documento sobre los denominados ‘falsos positivos’.

Estos documentos, que debían servir para comenzar a “cerrar las heridas” en el país, terminaron siendo instrumentalizados para agraviar a los contrarios.

Indispensable para nuestro país es mover la dinámica política de los extremos ideológicos hacia posturas fundadas en
la moderación política
y la construcción
de consensos nacionales básicos

¿Cuáles son las raíces?

A nivel internacional existe abundante literatura que intenta explicar las raíces de estas crecientes fracturas.

Existe, sin duda, un factor común a nivel mundial y es el papel de las redes sociales en la generación de la fragmentación social. Es lo que se ha denominado el “efecto de silo”, es decir, que la gente tiende a interactuar solo en las redes que comparten sus convicciones. Son los “silos ideológicos”, según la expresión del Pew Research Center.

Esta información segmentada no solo genera una débil interacción entre personas de distinto signo político o ideológico, sino que, adicionalmente, agudiza la polarización.

Fuera de este factor común, las raíces difieren en distintos puntos del globo. En Europa y los Estados Unidos, el desgarramiento sociopolítico está más relacionado con la globalización, la migración y los cambios culturales que algunos segmentos de la población creen que atentan contra la identidad nacional. Los riesgos de la ‘musulmanización’ de Europa se ha convertido en un lema creciente de las corrientes ultranacionalistas.

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O, simplemente, el rechazo al migrante “que viene a quitarnos el empleo y el pan de la boca”, como ocurre en Francia, donde la clase obrera está migrando hacia la extrema derecha.

Según el reconocido analista político Alain Duhamel, “el Frente Nacional se ha convertido en el partido de la clase obrera”, para vergüenza del Partido Comunista Francés.

En América Latina, por su parte, las raíces son distintas, en la medida en que las causas están más ligadas a la profunda desigualdad socioeconómica, al acceso diferenciado a los bienes públicos (salud, educación y transporte) y a las diferencias regionales.

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Coyunturas críticas

Uno de los temores que generan los fenómenos de las fracturas nacionales es que, ante el aumento excesivo de la temperatura sociopolítica, la caldera explote ante la menor chispa. Ya nos ocurrió en Colombia el 9 de abril de 1948.

Y, a nivel mundial, el caso más mencionado es siempre el incendio en 1933 del Reichstag, el edificio del Parlamento alemán durante la República de Weimar, perpetrado supuestamente por un joven comunista holandés, Marinus van der Lubbe, que fue clave para el establecimiento del Tercer Reich.

Sin embargo, no es forzoso que una sociedad que presenta síntomas de fractura se resquebraje. El ejemplo más reciente fue la toma del Congreso en Washington. Este hecho no terminó en una crisis política de envergadura gracias a la actitud moderada de Joe Biden y Kamala Harris.

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Igualmente, en Chile los enfrentamientos en las calles y la destrucción del equipamiento urbano que parecían destinados a causar una grave ruptura institucional encontraron en la convocatoria de una constituyente, destinada a cambiar la carta de 1980 aprobada bajo Pinochet, una salida de escape.

En Colombia, hoy en día el clima de crispación es especialmente negativo debido a que las tres tareas más urgentes que debemos abocar (la aclimatación de la paz, la reactivación del aparato productivo y la generación de empleo) son imposibles de alcanzar en un país incapaz de dialogar y de construir una agenda nacional compartida.

Por ello, es indispensable para nuestro país –como lo es para muchas otras naciones del mundo– mover la dinámica política de los extremos ideológicos hacia posturas fundadas en la moderación política y la construcción de consensos nacionales básicos.

EDUARDO PIZARRO LEONGÓMEZ*
Especial para El Tiempo​*Profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia.

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