Jaque a los ayatolás / Análisis de Mauricio Vargas

Hace pocos días, un gigantesco afiche del ayatolá Ruhola Jomeini, figura sagrada de los revolucionarios chií y fundador de la República Islámica de Irán en 1979, amaneció intervenido por un grafitero en el marco de las masivas protestas contra el régimen.

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Con los ojos y la frente ensangrentados, Jomeini no es más la figura del imán que regresó, desde Francia, como salvador del pueblo. Fallecido hace 33 años, es ahora el símbolo de la sangrienta represión de un régimen nervioso y confundido ante el levantamiento popular.

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Tras diez semanas de marchas, fogatas en que las muchachas queman sus pañoletas (hiyab) y cientos de grafitis con los lemas de la rebelión, el debilitado gobierno del presidente Ebrahim Raisí, que actúa bajo la tutela del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, ha sido incapaz de calmar los ánimos.

Acorralado por una insurrección que no vio venir, el Gobierno desencadenó una brutal represión: más de 15.000 detenidos, cerca de 350 muertos –entre ellos 43 niños y 25 mujeres– y cinco jóvenes ejecutados tras procesos sumarios.

Tienen acceso
a un mundo moderno (…), se comunican con jóvenes de otros
países y no se sienten en lo más mínimo representados por el Gobierno de Irán

Todo comenzó a las seis de la tarde del martes 13 de septiembre en una calle de Teherán, cuando la Policía de la Moral –guardias callejeros que hacen cumplir la severa ley de costumbres– detuvo a Mahsa Amini, una joven kurda de 22 años que visitaba la capital. El motivo fue que no llevaba puesto el hiyab de “la forma apropiada”.

Amini fue subida a una camioneta y los guardias le dijeron a su hermano Kiaresh que la llevarían a un centro de detención para que recibiera “una clase informativa” y que en una hora la dejarían libre. No fue así. Golpeada con porras y con una grave fractura de cráneo, la joven fue dejada en el hospital Kasra, donde permaneció dos días en coma antes de morir.

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A las pocas horas de su deceso, las redes sociales estallaron con mensajes de indignación de cientos de miles de jóvenes de todo el país. Hubo protestas callejeras, y las consignas compartidas en esas redes se convirtieron pronto en pancartas y grafitis. De ahí a las marchas más organizadas, convocadas por internet, fue solo un paso: en esos mítines, que no han cesado desde entonces, cientos de muchachas se quitan sus hiyab y los lanzan a hogueras.

Las protestas se extendieron de la capital Teherán y de Saqez, ciudad de origen de Amini, a decenas de urbes por todo el país. A pesar de la actividad represiva de las fuerzas de seguridad, primero con gases lacrimógenos y balas de caucho, y luego con golpizas, detenciones masivas y tiros de fusil a matar, nada doblegó el movimiento. “Mujer, vida, libertad” (zan, zindiqi, azadi), siguieron coreando los marchistas ante la impotencia de policías y guardias.

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Al culminar los 40 días de luto, decenas de miles de iraníes del norte quisieron llegar por carretera hasta Saqez, ciudad natal de Amini en el kurdistán iraní, para asistir a su funeral. Cuando las fuerzas de seguridad cortaron el paso de vehículos por la carretera, más de 10.000 personas abandonaron sus carros y siguieron a pie, decididas a ir al sepelio.

La mayoría de las mujeres caminaba sin pañoleta, en solidaridad con Mahsa Amini, y coreaba su nombre, Jina, con el que la conocían familia y amigos. Muchas comenzaron a cortar sus cabelleras, un antiguo ritual de duelo convertido ahora en señal de protesta que, además, se viralizó en redes sociales por medio planeta.

Protestas en Irán en la noche de este miércoles.

La escalada

No es la primera vez que se presentan masivas protestas en el Irán de los ayatolás. Las hubo a fines de la primera década de este siglo, y en los dos inviernos del 2017 al 2020, cuando obreros, empleados y comerciantes salieron a protestar contra la inflación, que ha marcado promedios de 30 por ciento anual desde hace un lustro, con picos de hasta 60 por ciento en ciertos meses. La carestía ha golpeado a los más pobres y empobrecido a la clase media, sectores que fueron la base popular de los ayatolás.

Esta vez, a trabajadores y dueños de pequeños negocios, se han sumado cientos de miles de jóvenes, muchos de ellos universitarios. Esto es relevante: la mitad de la población iraní está compuesta por menores de 35 años.

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“Tienen acceso a un mundo moderno y libre vía las redes sociales, se comunican con jóvenes de otros países y no se sienten en lo más mínimo representados por el Gobierno de Irán”, asegura el investigador Hamid Hosravi, del Instituto Asia-Oriente de Zúrich, en Suiza. Hosravi cree que un apoyo clave de Occidente ha sido mantener activo el servicio de internet en Irán, una iniciativa del presidente de Estados Unidos, Joe Biden.

En el momento de la revolución islámica en 1979, apenas 100.000 jóvenes estaban en la universidad. Hoy son cerca de 2,5 millones, con una alta participación femenina: en torno al 70 por ciento de las alumnas de ciencias e ingeniería son mujeres. No obstante de este avance, las jóvenes están hartas de la ley que les impone el permiso de un hombre (padre, marido o tutor) para viajar dentro y fuera de Irán, para alojarse en un hotel y para trabajar, entre otras actividades.

Los muchachos universitarios protegen a sus compañeras. Desde hace algunos días, en la universidad Sharif de Teherán, forman líneas de defensa a la hora del almuerzo para que sus compañeras puedan ingresar a la cantina reservada para el sexo masculino, sin que la Policía de la Moral las moleste.

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Hay una notable solidaridad hombre-mujeres, que no había ocurrido antes”, explica Mahnaz Shirali, socióloga nacida en Teherán y profesora residente en París. Varios analistas coinciden en que las jóvenes que cuentan con los recursos para hacerlo han encontrado en el estudio un camino de liberación, y eso les ha abierto los ojos.

Irán vive protestas desde la muerte el 16 de septiembre de Amini.

“El futuro de Irán es una mujer”, dijo hace poco el futbolista Alí Karimi, afamado centrocampista de la liga iraní, retirado en los Emiratos Árabes y convertido, gracias a las redes sociales, en uno de los voceros internacionales de la revuelta.

Los jugadores de la selección nacional que participan en la Copa del Mundo de Qatar se unieron este lunes a la protesta, al negarse a cantar –la letra glorifica la revolución islámica– mientras sonaban los acordes del himno instaurado por los ayatolás en 1990, en la ceremonia previa al encuentro contra Inglaterra.

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Pocos días antes del partido, las manifestaciones -y la represión- arreciaron. Se cumplían tres años de las jornadas del noviembre sangriento, los multitudinarios mitines anticarestía de 2019, y jóvenes y trabajadores volvieron a las calles de manera masiva en memoria de los muertos de aquellos días.

El investigador francés Stéphane Dudoignon, autor del libro Guardianes de la revolución islámica, una milicia de Estado asegura que el lenguaje de los medios oficiales es prueba de cómo ha crecido el movimiento. Primero usaban la palabra “protestas”, luego “levantamiento” e “insurrección” y ahora algunos hablan de “revolución”, ha detallado Dudoignon en un artículo para la revista Le Grand Continent.

Extensión territorial

Otra diferencia con años anteriores es que las protestas no se limitan a Teherán, sino que se han extendido a Isfahán, Sanandaj, Gorgan y otros 40 centros urbanos, lo que complica la represión, pues las fuerzas anti-disturbios no consiguen estar en tantos lugares distantes unos de otros. “Esto hace que el control sea muy difícil”, asegura el investigador Hosravi quien agrega que “por momentos, el régimen recupera el control de la situación, pero a la siguiente ocasión, el movimiento retoma”.

Las manifestaciones se nutren de diferentes clases sociales, desde obreros metalúrgicos y petroquímicos, hasta pequeños comerciantes de los bazares, pasando por jóvenes de clase media de colegios y universidades. Incluso padres y madres de familias religiosas han salido a protestar porque sus hijos han sido golpeados, detenidos o muertos.

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En las calles se repiten incidentes de gran simbolismo, como cuando algún joven pasa al lado de un clérigo y de un manotazo le tumba su turbante, mientras los transeúntes aplauden. Eso y que hay un antecedente que inquieta a los ayatolás en el poder, el hecho de que durante las marchas de 1978 y 1979, que terminaron con la caída del Sha Reza Pahlevi, era frecuente que a los religiosos amigos de su Gobierno les hicieran lo mismo.

Con el paso de los días, aparte de la libertad de las mujeres, han surgido otros reclamos: contra la corrupción de poderosos clérigos cuyas familias exhiben su riqueza, pero también contra el enorme gasto militar que representa 12 por ciento de los desembolsos públicos y llegó a crecer 53 % en 2020, en plena pandemia. Como asegura la socióloga Shirali, “el velo es un pretexto” y el objetivo es “tumbar al régimen”.
Difícil prever el desenlace de las protestas. En estas semanas han asomado críticas, tanto en el Ejército como en la Guardia Revolucionaria -piedras angulares del régimen-, a la represión y a la falta de habilidad del gobierno de Raisí para buscar caminos de diálogo.

Pero hay otros motivos de roce. Hace semanas, el líder supremo Alí Jamenei removió a Hossein Tayeb, poderoso jefe de inteligencia de la Guardia Republicana, por cuestionar que el hijo de Jamenei, Mojtaba, puede ser candidato a sucederlo. Para Tayeb, eso abre el camino a una dinastía. Jamenei tiene 83 años y sufre de cáncer: el tema de la sucesión está sobre la mesa.

Este distanciamiento entre los militares y el Gobierno podría desembocar en un golpe de Estado, aunque es temprano para decirlo. Los jóvenes rechazan que el cambio vaya a surgir del propio régimen. En los mensajes en redes y repetidos en las marchas, ha calado un concepto: “esto no es un movimiento de protesta, sino una revolución que dará nacimiento a una nueva nación”.

MAURICIO VARGAS LINARES
ANALISTA 
EL TIEMPO

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