A lo largo de las pasadas semanas Brasil se ha convertido en un punto de mira para los interesados en la marcha de las relaciones internacionales. La razón es que la nación suramericana ocupa la presidencia del Grupo de los 20 (G20), que convoca a los líderes de las principales economías del planeta, al igual que a la Unión Africana y la Unión Europea.
Creado en respuesta a la crisis financiera mundial de hace década y media, este mecanismo partió de la existente reunión periódica de ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales. Desde 2008 la cita comprende a jefes de Estado y de Gobierno. Y aparte de los países fundadores también participan invitados de diferentes latitudes.
En la presente oportunidad, el evento principal será la Cumbre que tendrá lugar en Río de Janeiro, el 18 y el 19 de noviembre. El propósito es que los mandatarios examinen el trabajo adelantado por diversos grupos de tarea y tomen decisiones orientadas al progreso colectivo de la humanidad.
No es la primera vez que la responsabilidad de organizar un evento de semejante magnitud recae en América Latina. México en 2012 y Argentina en 2018 hicieron juiciosamente la labor que les correspondió, la cual derivó en frutos tanto en lo que atañe a la diplomacia como a la economía.
Sin embargo, en esta oportunidad hay circunstancias especiales. Para comenzar, todavía está fresco el recuerdo de la pandemia, junto con sus desafíos y consecuencias no solo en lo que corresponde a la salud, sino a la cooperación global y la estabilidad financiera.
Adicionalmente, para nadie es un misterio que las tensiones geopolíticas vienen en aumento, algo que se expresa tanto en el campo de la seguridad como en el aumento de las medidas proteccionistas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) destaca que los obstáculos al libre flujo de mercancías y capitales se triplicaron entre 2019 y 2022, al sumar cerca de 3.000 decisiones específicas.
Mientras eso sucede, continúa presente la gran amenaza que significa el calentamiento global. Los datos más recientes muestran que el pasado febrero registró las temperaturas promedio más altas desde cuando se llevan estadísticas al respecto, con lo cual ya se estaría superando el límite establecido en el Acuerdo de París de 2016. Este señaló la voluntad de limitar el alza en los termómetros a no más de 1,5 grados centígrados por encima de los datos de finales del siglo XIX.
Momento particular
Como queda claro, la lista de retos es compleja y extensa. No hay duda de que a pesar de que la fractura entre los diferentes bloques sea ahora más notoria, es indispensable el entendimiento global con el fin de atacar con éxito los problemas que nos afectan de manera colectiva.
Debido a ello, debo calificar como una feliz coincidencia que la presidencia del G20 haya recaído en Brasil. El motivo es que hay una determinación expresa de avanzar en asuntos sustantivos, lo que se expresa en la programación de unas 130 reuniones temáticas, tanto virtuales como presenciales.
Según lo expresado por el propio presidente Lula da Silva, se desea poner sobre la mesa los temas que son prioridad para el actual gobierno brasileño como son el combate contra el hambre, la pobreza y la desigualdad. Al mismo tiempo se busca examinar las tres dimensiones del desarrollo sostenible –económica, social y ambiental– junto con la reforma de la gobernanza mundial.
Pero no solo eso. También existe el propósito claro de impulsar aquellos puntos que interesan a la región latinoamericana, lo cual incluye la intención de abrir espacios de diálogo y deliberación, siempre con la meta de ocupar con seriedad el lugar que nos corresponde en el ámbito internacional, a través de planteamientos de fondo fundamentados en la búsqueda del bien común.
Para el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF) es un motivo de especial satisfacción haber sido invitado a participar en las deliberaciones junto a entidades multilaterales como el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Ocde, además de aquellas adscritas al Sistema de Naciones Unidas. Nuestro papel es el de hacer contribuciones sustantivas que sean objeto de examen por parte de los países y eventualmente se traduzcan en programas y políticas específicas.
Tuve el privilegio de llevar la vocería de la entidad a mi cargo en las primeras sesiones de trabajo ministeriales del G20 sucedidas el 21 y el 22 de febrero en Río de Janeiro y el 28 y el 29 de febrero en São Paulo, con presencia de los ministros de Relaciones Exteriores, de Finanzas y gerentes de bancos centrales del Grupo. En aquella ocasión señalé la necesidad de que esta parte del mapa sea más resiliente, debido a que somos esenciales a la hora de proveer respuestas a algunos de los interrogantes más complejos que enfrentamos.
Por ejemplo, no cabe duda de que América Latina y el Caribe son y serán claves en poner en marcha las estrategias que se requieren frente al cambio climático. Fuera de bosques y selvas que actúan como un verdadero pulmón del planeta, contamos con los recursos naturales indispensables que requiere el proceso de transición energética que nos alejará de los combustibles fósiles, en favor de la generación y el uso de electricidad de manera sostenible.
Igualmente, contamos con tierra cultivable y agua en abundancia, que servirán para combatir con éxito el hambre y garantizar la seguridad alimentaria de miles de millones de personas. Como tantos otros lugares, experimentamos trastornos climáticos más notorios, pero sin duda somos parte de la solución de una serie de riesgos que muestran tendencia al alza.
Concretar nuestro potencial en estos frentes pasa por contar con buenos cimientos económicos, que solo se construyen con políticas adecuadas. En tal sentido, ello permitirá saber movilizar recursos tanto nacionales como internacionales cuyo desenlace se traduzca en un crecimiento incluyente y sustentable.
Lo anterior implica invertir más y de mejor manera en la cooperación global. Aparte de las razones éticas que respaldan el cierre de las brechas entre países ricos y pobres, también hay un interés compartido pues un mundo injusto será propenso a los sobresaltos y los conflictos.
Al respecto, la historia de CAF a lo largo de más de medio siglo muestra lo que es posible cuando se juntan muchos brazos. Nacimos como un pequeño banco subregional, con un capital de 25 millones de dólares. Hoy ese capital autorizado asciende a 25.000 millones de dólares, y los activos, a 54.000 millones de dólares, gracias a lo cual somos responsables de un flujo constante de recursos hacia la región, cuya participación es de una tercera parte en lo que presta la banca multilateral.
No tengo duda de que los bancos de desarrollo tenemos un papel muy importante en apoyar a las naciones a la hora de confrontar lo que se conoce como la triple transición: verde, digital y de recursos humanos. Las circunstancias nos obligan a evolucionar y en ciertos casos a romper con el pasado, a partir de los conocimientos y la experiencia adquiridos a lo largo de nuestra historia.
Somos apenas un engranaje más en un esfuerzo que demandará la participación de tantas instituciones y gobiernos como sea posible. Aun así, considero que podremos mostrar cómo las soluciones locales y regionales sirven para resolver los problemas globales.
Hacer propuestas
Relaté que tras el encuentro de Río vino el de São Paulo. El anfitrión de este último fue el ministro de Hacienda, Fernando Haddad, quien propuso que las grandes fortunas contribuyan más y abogó por una mayor cooperación fiscal internacional.
Resulta incuestionable que vivimos en un mundo muy desigual. En 2022, CAF dio a conocer su reporte RED, cuyo tema central fueron las disparidades que identifican a América Latina y el Caribe. Estas diferencias van más allá del ingreso o la riqueza, pues comprenden las oportunidades de educación y empleo, al igual que el acceso a la vivienda o la salud.
En nuestra región las desigualdades son, en muchos casos, heredadas y están también determinadas por cuestiones de raza, género y acceso a activos financieros. A lo anterior se suman los fenómenos migratorios que actúan como un factor desestabilizador, aunque podrían llegar a convertirse en una posibilidad de progreso. De ahí que sea necesario hablar de la movilidad humana.
Por supuesto que los desafíos que enfrentamos no se detienen ahí. En la lista de tareas pendientes se encuentran la infraestructura, el cuidado ambiental, la mejora de los mercados de trabajo y el acceso a una enseñanza de calidad, entre otros asuntos.
Hay varios puntos a nuestro favor, que merecen destacarse. Con todo y sus fallas, la democracia es la norma en esta parte del globo. Tampoco aparece el escenario de una confrontación bélica, pues las diferencias ocasionales se tramitan en el ámbito diplomático.
Pero claramente necesitamos hacer más por nuestros pueblos. No me cabe duda de que la cooperación internacional es clave, pues resulta crucial para acelerar la coordinación frente a retos comunes y de paso disminuir la amenaza que representa la fragmentación.
Estoy convencido de que los bancos regionales multilaterales tenemos un papel en esa ecuación. Para comenzar, entidades como CAF se destacan por sus atributos de neutralidad y flexibilidad, al igual que por su habilidad de apalancar recursos, hacer viables inversiones de impacto, innovar y actuar como plataformas que facultan el compartir conocimiento y experiencias. Y eso se consigue a través de inyecciones de capital que permitan ampliar el radio de acción de los bancos de desarrollo.
Contar con un músculo más fuerte servirá para enfocarse en varias áreas. Para comenzar, hay que adelantar un esfuerzo colectivo para que se estabilice la deuda de nuestros países.
Luchar contra la pobreza y preservar el medioambiente no tienen porqué ser propósitos antagónicos, pero ello requiere que nuestro nivel de acreencias –mayor tras la pandemia– sea manejable. Así mismo, es crucial mejorar el perfil de las obligaciones financieras y conservar el acceso a los mercados, para que podamos recorrer la senda de un crecimiento sostenible con responsabilidad fiscal.
Entre las opciones que vale la pena examinar hay una que merece especial atención. Se trata de la redistribución de Derechos Especiales de Giro (DEG) a cargo del FMI, cuya última asignación general se realizó en el 2021 por el equivalente a US$ 650.000 millones con el fin de impulsar la liquidez global. CAF, junto con otros organismos financieros internacionales, adquirió el estatus de tenedor autorizado de DEG, estando así en condiciones de servir de canal para que esos recursos financien soluciones frente a los riesgos del cambio climático o atiendan necesidades en el campo social que amenazan la estabilidad de muchas economías de la región. Intercambios de deuda y esquemas de compensación de emisiones de dióxido de carbono también son viables.
Ideas como las que menciono pasan ahora a ser evaluadas por los países vinculados al G20, junto con las propuestas de otras entidades y los aportes individuales de las naciones que integran el Grupo. Como es usual en estos casos, algunas serán acogidas y otras ameritarán mayor análisis.
No obstante, lo importante es que Brasil nos ha abierto la puerta para que tengamos voz en ese proceso. Gracias a su liderazgo, confiamos en que la Cumbre de mandatarios a finales del año venga acompañada de resultados concretos, los cuales servirán para demostrar que el espacio para el diálogo constructivo y la cooperación internacional sigue abierto.
A fin de cuentas, solo hay un planeta en el que vivimos todos. Lo que corresponde es que sepamos trabajar unidos y hacer a un lado nuestras diferencias con el fin de sortear obstáculos cuya resolución adecuada es la que le conviene a la humanidad entera.
SERGIO DÍAZ-GRANADOS (*)
Para EL TIEMPO
(*) Presidente de CAF
