Norma despacha con rapidez la solicitud de una entrevista. Quiere volver a encerrarse en su habitación y sentir el frío del aire acondicionado durante las ocho horas con electricidad que recibe a diario en Maracaibo, la ciudad venezolana más rica y poblada después de Caracas.
Esta inmigrante salvadoreña sortea jornadas de 16 horas sin luz con sensaciones térmicas cercanas a los 40 °C, mientras hace malabares para conseguir alimentos y que estos no se pudran durante los apagones que registra el país petrolero desde hace semanas.
Sin embargo, es consciente de su suerte. “En este sector, afortunadamente tenemos agua cada cinco días, somos afortunados (…) Otros sectores tienen un mes (sin agua)”, dijo la mujer que en marzo sumó más de 300 horas sin luz y ha tirado a la basura varios alimentos que se descompusieron mientras su casa estaba a oscuras.
También agobiada y en la penumbra, la oficinista Chindi Núñez esperaba junto a uno de sus hijos conseguir algún medio de transporte que la devuelva a su casa de noche, cuando la oscuridad es total.
“Tengo más de 24 horas sin luz. Nos llega a veces; no es que se nos va (la electricidad), llega a veces, llega dos horas, tres horas y se vuelve a ir”, dice la mujer que asegura no recibir agua en su residencia desde diciembre pasado.
Por ello ha optado por comprar el líquido a quienes llenan recipientes de 300 litros por unos 8 dólares, el doble del salario mínimo que devengan los venezolanos en medio de la hiperinflación nacional.
“Carne no compro”, dice sin dar importancia a su alimentación y guarda el ímpetu para criticar el hecho de que sus hijos tengan que estar “todo el día fuera” de casa para escapar de las altas temperaturas y que solo reciban clases “dos veces a la semana porque no aguantan el calor en el aula”.
Con sus cientos de miles de aires acondicionados en reposo, Maracaibo perdió el mote sarcástico de ‘la ciudad más fría de Venezuela’; así como en la última década, cuando los apagones se ensañaron allí más que en cualquier otro lugar, dejó de pelear por el sitial como la que más energía consumía en Latinoamérica.
Tras esos años de ir a menos, el total de comercios cerrados en la capital zuliana se cuentan hoy por miles; el de los pobladores que decidieron emigrar, en decenas de miles, así como los que han sufrido pérdidas materiales por los apagones
El resto de Venezuela, que con excepción de Caracas y por dictamen gubernamental registra 18 horas por semana sin luz, mira con lástima y cierto alivio lo que soporta el Zulia, siempre bajo su sol perenne.
Dentro de esa entidad federal, riquísima en petróleo y fronteriza con Colombia, algunos salen cada día a pasar horas en una gasolinera para llenar los tanques de sus vehículos y otros cumplen el mismo tiempo a la espera de camiones cisternas que los provean de algo para asearse o cocinar.
EFE