
SHAKAHOLA, Kenia — Delirante de hambre, un creyente que había llevado a su familia a vivir con un culto cristiano del fin del mundo en un desierto remoto de Kenia, envió un mensaje de texto angustiado a su hermana menor recientemente. Mientras le rogaba que lo ayudara a escapar, todavía estaba en las garras del predicador que lo había atraído allí, prometiéndole la salvación vía la muerte por inanición.
“Respóndeme rápido, porque no tengo mucho tiempo”, le dijo Solomon Muendo a su hermana. “Hermana, el Fin de los Tiempos está aquí y la gente está siendo crucificada. Arrepiéntete para que no te quedes atrás, Amén”.
Muendo, de 35 años, ha vivido en el bosque de Shakahola desde el 2021, cuando, como cientos de otros creyentes, se mudó allí con su esposa y sus dos hijos pequeños.
Estaban siguiendo el llamado de Paul Nthenge Mackenzie, un teleevangelista que, al declarar que el mundo estaba a punto de acabarse, comercializó Shakahola entre sus seguidores como un santuario cristiano evangélico del apocalipsis que rápidamente se acercaba.
Sin embargo, en lugar de un refugio, la propiedad de 320 hectáreas ahora es una espantosa escena del crimen, salpicada de tumbas poco profundas de creyentes que se mataron de hambre o, como diría Mackenzie, se crucificaron para poder conocer a Jesús.
A principios de este mes, 179 cuerpos habían sido exhumados y trasladados a la morgue de un hospital para su identificación y autopsia. Los principales patólogos del Gobierno informaron que, si bien el hambre causó muchas muertes, algunos cuerpos mostraban señales de muerte por asfixia, estrangulamiento o golpes. A algunos les habían extirpado órganos, según una acta policial.
Cientos de personas más siguen desaparecidas, quizás enterradas en tumbas no descubiertas. Otros deambulan por la propiedad sin comida como Muendo —cuya esposa e hijos están desaparecidos, dijo su hermana.
La “Masacre de Shakahola”, como la han llamado los medios de comunicación de Kenia, ha dejado al Gobierno batallando para explicar cómo, en una de las naciones más modernas y estables de África, las fuerzas del orden habían pasado tanto tiempo sin darse cuenta de los macabros sucesos en tierras ubicadas entre dos destinos turísticos populares, el Parque Nacional Tsavo y la costa del Océano Índico.
El hecho de que tantas personas eligieran morir ayunando ha planteado preguntas delicadas sobre los límites de la libertad religiosa, un derecho consagrado en la Constitución de Kenia.
Para Victor Kaudo, un activista de derechos en Malindi que visitó Shakahola en marzo, la libertad otorgada a predicadores como Mackenzie ha ido demasiado lejos. Avisado por desertores del culto, Kaudo encontró a creyentes demacrados que, aunque estaban al borde de la muerte, lo maldijeron como “un enemigo de Jesús” cuando trató de ayudarlos.
“¿Qué hacemos?”, dijo. “¿Acaso la libertad de culto es mayor que el derecho a la vida?”
Mackenzie ha dicho a los investigadores que nunca ordenó a sus seguidores que no comieran y simplemente predicó sobre las agonías de los Últimos Tiempos profetizadas en el Nuevo Testamento. Fue arrestado en abril, puesto en libertad y luego arrestado de nuevo rápidamente. Está bajo investigación por acusaciones de asesinato, terrorismo y otros delitos.
Mackenzie, según Titus Katana, ex pastor adjunto de la iglesia Good News de Mackenzie, dijo que se mantendría con vida para ayudar a guiar a sus seguidores a “encontrarse con Jesús” a través del hambre, pero que una vez que terminara esa labor, él también moriría de hambre antes de lo que dijo que era el inminente fin del mundo.
En un video publicado en línea en marzo, Mackenzie dijo que había “escuchado la voz de Cristo diciéndome que ‘el trabajo que te encomendé para predicar los mensajes de los últimos tiempos durante nueve años ha llegado a su fin’”.
Katana dijo que ya había roto con Mackenzie y no estaba en Shakahola cuando comenzó el programa suicida. Fue a la policía para denunciar que “niños están muriendo” en el bosque.
“Nunca tomaron ninguna medida hasta que fue demasiado tarde”, dijo.
En abril, Muendo telefoneó a su hermana y le dijo que “estamos comenzando un ayuno para poder ir a ver a Cristo en el Gólgota”, una referencia al lugar de la crucifixión de Jesús en la Biblia.
“Él estaba feliz, porque pensó que moriría pronto por Jesús”, dijo Elizabeth Syombua, la hermana.
En cuanto a Mackenzie, agregó, “es un asesino”.
Simon Marks contribuyó con reportes a este artículo.
Por: ANDREW HIGGINS
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The New York Times Company
