Las conexiones fallidas de Golda Meir

El 21 de septiembre se estrenó Golda, la película que cuenta la historia de Golda Meir después de 50 años de la guerra que puso fin a la carrera de la primera ministra israelí.

Más bostezo que éxito, la cinta captura a una Golda, protagonizada por Helen Mirren, fumadora empedernida de Chesterfield mientras pasa por alto una lección oportuna sobre diplomacia: para ser eficaces, los líderes necesitan conocer las personalidades de sus homólogos, así como los intereses políticos de cada uno.

Estados Unidos, por su parte, ha cometido errores cuando algunos mandatarios han confundido ambas cosas. El presidente Barack Obama pensó que entendía a su homólogo sirio Bashar al-Asad cuando le advirtió que el uso de armas químicas cruzaría una “línea roja”. Asad desestimó la advertencia y las usó de todas formas. Olfateando debilidad, también el presidente ruso Vladimir Putin marchó hacia Crimea.

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Donald Trump mezcló su relación personal con Kim Jong-un, de Corea del Norte, con la política, alardeando de que una carta del dictador había cambiado la dinámica de las relaciones entre Estados Unidos y ese país.

Y el presidente Joe Biden pensó que tenía el control de los talibanes cuando ordenó la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán. No lo tenía, y la partida apresurada de Estados Unidos dejó helicópteros Black Hawk y Apache –que son letales– en manos de un régimen bárbaro.

¿Qué hay de Meir? Esta judía nacida en Rusia migró a Estados Unidos desde muy pequeña junto con su familia, acomodándose en Milwaukee, Wisconsin. Fue la mejor graduada de su escuela secundaria y se le recuerda en ese entonces por organizar una recaudación de fondos para comprar libros para niños refugiados y pobres como ella. Pudo haber disfrutado de una vida tranquila y cómoda, pero decidió mudarse a Tel Aviv en 1921 donde luchó en la difícil y temprana historia de Israel.

Meir estuvo en el país durante la sequía que llevó a los agricultores a mendigar gotas de agua; sostuvo a un civil mientras moría por una herida de bala, y fue testigo de cómo los soldados británicos rechazaban a los sobrevivientes del Holocausto que terminarían en campos de detención.

A la que después se le conocería por el apodo de la dama de hierro tenía profundas bolsas bajo los ojos, como si quisiera demostrar lo que había visto. Cuando asumió el cargo de primera ministra de Israel en 1969, se le asociaba físicamente con Lyndon Johnson, que acababa de dejar la presidencia de Estados Unidos.

Los hombres sionistas podían llegar a ser chovinistas y en este contexto y antes de convertirse en primera ministra, Meir se rehusó a ser relegada a las conversaciones de mujeres en cualquier reunión. Por eso, se convirtió en la asesora clave del premier de Israel, David Ben-Gurion, quien la llamó “el mejor hombre en mi gabinete”.

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Tras la declaración de independencia de Israel en 1948, Ben-Gurion le pidió a Meir que supervisara la defensa de Jerusalén y la distribución de alimentos. Impuso racionamientos diarios de solo 85 gramos de pescado seco, lentejas, macarrones y fríjoles.

Privada de sueño, a menudo atravesaba el fuego desde Jerusalén hasta Tel Aviv y un día, mientras las balas acribillaban su autobús, se cubrió los ojos. Cuando le preguntaron por qué, respondió: “En realidad no tengo miedo de morir… Pero ¿cómo viviré si quedo ciega? ¿Cómo trabajaré?”. Unos días después, su autobús fue emboscado mientras daba una curva justo fuera de Jerusalén. El hombre a su lado murió en su regazo.

Las relaciones de Meir 

Hombres inteligentes y fuertes encontraron su carácter atractivo. El presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, superando sus demonios psicológicos, le mostró su lado cálido, que era raramente visto. También desoyó al secretario de Estado, Henry Kissinger, para cumplir con las solicitudes de Meir durante la guerra.

Kissinger había vacilado en ayudar a Israel durante el sorprendente ataque de Yom Kipur en 1973, cuando las fuerzas egipcias asaltaron la Fuerza Aérea Israelí con nuevos misiles antiaéreos y antitanque soviéticos. Nixon finalmente dijo: “Mira, Henry, vamos a recibir la misma cantidad de culpa por enviar tres, 30 o 100, así que envía todo lo que vuele”.

Golda Meir

Golda Meir pasando revista a las tropas de mujeres del Ejército israelí, el 22 de octubre de 1970.

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Aún más fascinantes fueron los estrechos lazos de Meir con los reyes de Jordania, Abdullah y su nieto Hussein, a quienes conoció en conversaciones secretas, sinceras y amigables. Justo antes de que Israel declarara su independencia, se coló hasta la frontera jordana, se puso un vestido negro y un velo, y viajó con el conductor del rey a una casa segura en las colinas. “¿Por qué los judíos tienen tanta prisa por tener un Estado?”, le preguntó el rey. “Hemos esperado dos mil años. Esa no es mi definición de prisa”, respondió ella.

Cuando Hussein se convirtió en rey, desarrolló una fuerte relación personal con Meir. En 1970, le pidió que dirigiera la Fuerza Aérea Israelí para destruir los tanques sirios amontonados en la frontera de Jordania. Los sirios se retiraron bajo las amenazas. A veces se colaba en Israel para verla, pilotando su propio helicóptero Bell y aterrizando en un punto de encuentro cerca del mar Muerto. Pocos días antes de la guerra de Yom Kipur en 1973, voló a una casa segura del Mossad (agencia de inteligencia) para advertirle de un posible ataque. Ella y Hussein lamentaron que no tuvieran suficiente influencia para forjar un amplio acuerdo de paz árabe-israelí. Las graves pérdidas en la guerra de 1973 le costaron el cargo a la primera ministra.

Cuatro años después, cuando el presidente egipcio Anwar Sadat realizó su valiente viaje a Israel y le dijo a la Knesset (asamblea legislativa) que “realmente les damos la bienvenida a vivir entre nosotros en paz”, Meir esperó en la línea de recepción. Se besaron las mejillas y bromearon sobre convertirse en abuelos. Años antes, Meir había estado convencida de que Sadat podía ser un pacificador. En ese momento, un año antes de su muerte por cáncer en 1978, por fin tuvo la razón.

TODD G. BUCHHOLZ (*)
© Project Syndicate – San Diego

(*) Exdirector de política económica de la Casa Blanca y director gerente del fondo de cobertura Tiger Management.

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