Antes del mes pasado, nunca había entrevistado a alguien que me hubiera visto desnuda.
Eso cambió cuando acudí a una feria de arte que invita con un “Desnúdate para Dibujarte” a los neoyorquinos. Ante siete artistas, puse mis muslos desnudos en el suelo. Al día siguiente entrevisté a dos de ellos. Tampoco había entrevistado nunca a alguien a quien hubiera tocado desnuda. Pero ese mismo fin de semana seguí con el dedo los contornos de la clavícula de una desconocida en una galería y luego la entrevisté.
En la Other Art Fair Brooklyn, donde posé, y en “Yves Klein y el Mundo Tangible” en la galería Lévy Gorvy Dayan en Manhattan, donde una artista de performance en una caja invitó a extraños a tocar su cuerpo desnudo, me propuse experimentar la desnudez para ver si le quedaba algo de poder de shock.
Recibí mi primera sacudida con “Desnúdate”, ahora en su décima edición.
Mike Perry y Josh Cochran iniciaron el proyecto para incorporar más juego al proceso tradicionalmente serio del dibujo de figuras. Comenzaron en el 2011. En el primer año “no teníamos idea de lo que estábamos haciendo”, dijo Perry, agregando que buscaban horas de práctica que pudieran ser más experimentales con estudios de figuras. “Sólo queríamos una excusa para dibujar durante un fin de semana”.
Los modelos tienen 30 minutos y de tres a cinco poses; a cambio, pueden elegir sus obras de arte favoritas para llevárselas a casa. El resto se vende a 150 dólares cada uno. Los artistas producen alrededor de mil 300 desnudos durante el fin de semana.
Me desnudé. Siete artistas, entre ellos Perry y Cochran, se sentaron frente a mí. Para mi primera pose, me senté en el suelo y me hice bolita, con las rodillas dobladas, manteniendo casi todo lo “privado”… privado. El cronómetro estaba programado para cinco minutos. Inmediatamente me reprendí: ¿Qué clase de pose desnuda era ésta? No estaba nerviosa, pero mis extremidades insistían en mantenerse unidas.
“Eso es a lo que realmente respondemos”, dijo Cochran. “La incomodidad, los diferentes sentimientos que la gente aporta al experimento”.
Estos son artistas, me dije para tranquilizarme. Se sienten cómodos con los cuerpos.
En la galería Lévy Gorvy Dayan, donde se exhibía “Yves Klein y el Mundo Tangible”, vi obras del visionario artista conceptual francés que presenta modelos desnudas. Pero lo que más me interesó fue la segunda parte de la instalación: “Escultura táctil”, una caja de 1.40 metros por medio metro con una modelo viva en su interior y un agujero por el cual alcanzarla.
Metí la mano, más allá de una cortina negra. Sumergí el brazo más allá del codo hasta llegar a piel: sentí el borde de un antebrazo dar paso a una muñeca. Qué familiar, qué sensual, qué normal. Dejé de intentar adivinar cómo estaba sentada y cedí a la sensación, sintiendo a esta delicada criatura.
Klein concibió la idea de “Escultura Táctil” en 1957. Pero el copropietario de la galería, Dominique Lévy, dijo que Klein temía que el mundo no estuviera preparado para esta exposición. Murió antes de que su visión se hiciera realidad.
Cuando Lévy Gorvy Dayan refabricó la caja como una obra de arte completa en el 2014, en la Feria de Arte Independiente, “Se tuvieron todas estas conversaciones muy intelectuales sobre el papel del performance”, dijo Lévy. “Ahora las reacciones son mucho más viscerales y emocionales”.
Escuché a varios participantes describir la experiencia como “inusual”, “invasiva” y “demasiado”. La mayoría de las personas que observé se estremecieron al hacer contacto con la modelo, retrayendo instantáneamente sus brazos. Para mi sorpresa, muchos tenían demasiado miedo para entrar. Pero casi todos los que lo hicieron salieron con una pequeña sonrisa de conspiración en sus rostros.
Al interior de la caja estaba Dominica Greene, de 29 años, una artista conceptual dedicada a explorar el cuerpo. “Cada vez es profundamente conmovedor para mí”, dijo.
