Desde la cárcel, Narges Mohammadi lucha por un cambio en Irán

Cuando Narges Mohammadi era niña, su madre le dijo que nunca se volviera política. El precio de luchar contra el sistema en Irán sería demasiado alto.

Esa advertencia ha resultado profética. Mohammadi, de 51 años, la activista de derechos humanos y derechos de las mujeres más destacada de Irán, purga una condena de 10 años de prisión en Teherán por “difundir propaganda contra el Estado”.

Durante los últimos 30 años, el Gobierno de Irán la ha penalizado por su activismo y sus escritos, privándola de la mayor parte de lo que más quiere —su trayectoria como ingeniera, su salud, tiempo con sus padres, esposo e hijos y su libertad.

La última vez que Mohammadi escuchó las voces de Ali y Kiana, sus gemelos de 16 años, fue hace más de un año. Su marido, Taghi Rahmani, de 63 años, también activista que estuvo 14 años encarcelado en Irán, vive exiliado en Francia con los gemelos.

Su sufrimiento no ha mermado su determinación. Una pequeña ventana en su celda en la prisión de Evin en el norte de Teherán da a una vista de las montañas circundantes.

“Me siento frente a la ventana todos los días, miro la vegetación y sueño con un Irán libre”, dijo Mohammadi en una rara y no autorizada entrevista telefónica desde el interior de la prisión en abril. “Mientras más me castigan, mientras más me quitan, más decidida me vuelvo”.

El mes pasado, las autoridades penitenciarias revocaron los derechos telefónicos y de visita de Mohammadi debido a las declaraciones que había emitido condenando las violaciones de derechos humanos de Irán, que se publicaron en su página en Instagram, dijo su familia.

PEN America otorgó a Mohammadi el premio Barbey Freedom to Write en su gala anual en Nueva York el mes pasado. Fue una de tres ganadores del Premio Mundial de Libertad de Prensa de las Naciones Unidas este año.

Dos recuerdos de la infancia, dijo, alimentaron su activismo: su madre llenando una canasta roja con frutas todas las semanas para visitas a prisión con su hermano activista arrestado, y su madre sentada cerca de la pantalla de televisión para escuchar los nombres de los prisioneros ejecutados cada día.

Una tarde, el locutor anunció el nombre de un primo. Los lamentos de su madre se convirtieron en el motor de su oposición a las ejecuciones.

En la universidad en Qazvin, conoció a su esposo, una figura en los círculos intelectuales de Irán, cuando asistió a una clase clandestina que él impartía sobre sociedad civil. Cuando él le propuso matrimonio, sus padres le dijeron que un matrimonio político estaba destinado a la ruina. Rahmani pasó su primer aniversario de bodas en confinamiento en solitario.

La pareja vivía en Teherán, donde Mohammadi fortaleció a las organizaciones de la sociedad civil que trabajaban por los derechos de las mujeres, los derechos de las minorías y defendían a los presos condenados a muerte.

También escribió columnas sobre los derechos de la mujer para los periódicos y —para tener un ingreso confiable— trabajó como ingeniera para una empresa de inspección de edificios. El Gobierno obligó a la empresa a despedirla en el 2008.

El poder judicial ha condenado a Mohammadi cinco veces, arrestado 13 veces y sentenciado a un total de 31 años de prisión y 154 latigazos. Su familia no ha estado junta como una unidad, cuando uno de los padres no estaba en la cárcel o exiliado, desde que los gemelos eran pequeños.

La investigación de Mohammadi desde la prisión dio como resultado un libro sobre el impacto emocional del confinamiento en solitario. En diciembre publicó un informe sobre la agresión sexual y el abuso físico de las prisioneras.

Sus amigas se maravillan de su negativa a ser una víctima. Cantante entrenada en música clásica persa, tiene eventos en su pabellón.

“Tienes que darle sentido a tu vida dentro del confinamiento y mantener vivo el amor. Tengo que mantener mis ojos en el horizonte y el futuro aunque los muros de la prisión sean altos y cercanos”, dijo Mohammadi.

Por: Farnaz Fassihi

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